Al pueblo cubano, que nunca debió llegar a la condición en la que hoy se encuentra.
El gobierno cubano anunció oficialmente que el país prácticamente se quedó sin combustible.
El The New York Times publicó recientemente que, en La Habana, conseguir gasolina puede tomar meses. Los cubanos deben registrarse en una aplicación y esperar turno. Un residente declaró que llevaba tres meses en la fila y aún tenía delante a más de cinco mil personas.
Las cartillas de racionamiento apenas alcanzan para unos días; muchas veces ni siquiera hay productos disponibles. Los apagones duran horas y en algunas regiones superan las veinte horas diarias. El transporte colapsa, hospitales enfrentan carencias y miles de cubanos abandonan la isla buscando algo tan elemental como estabilidad.
Pero la tragedia cubana no puede explicarse únicamente por las sanciones impuestas por Estados Unidos.
La Revolución Cubana nació en 1959 impulsada por el descontento frente a la corrupción, desigualdad y dependencia del régimen de Fulgencio Batista. Fidel Castro prometió justicia social, soberanía nacional y una sociedad donde la riqueza dejara de concentrarse en unas cuantas manos.
La ruptura con Estados Unidos vino rápidamente después. Nacionalizaciones, expropiaciones y alineamiento con la Unión Soviética derivaron en el embargo económico norteamericano. Durante décadas, la URSS sostuvo artificialmente la economía cubana con petróleo subsidiado, créditos y apoyo financiero. Tras su colapso, Cuba entró en el “Período Especial”: apagones, hambre y pobreza extrema. Más tarde, Hugo Chávez dio un nuevo respiro económico mediante petróleo venezolano subsidiado.
Sin embargo, incluso bajo sanciones, Cuba sí generó riqueza.
El turismo produjo miles de millones de dólares. Entraron remesas, inversiones y divisas. Se construyeron hoteles, puertos e infraestructura turística.
Pero buena parte de esa riqueza terminó siendo absorbida por estructuras controladas por la élite militar cubana, lejos de la vida cotidiana del ciudadano común.
Gran parte de esa actividad económica quedó concentrada en GAESA, el conglomerado empresarial creado en los años noventa bajo control de las Fuerzas Armadas y promovido por Raúl Castro para captar divisas tras la caída soviética.
Con el tiempo, GAESA dejó de ser solamente un administrador económico. Se convirtió en un imperio empresarial que controla hoteles, puertos, aeropuertos, remesas, tiendas en divisas, infraestructura turística y buena parte del comercio exterior cubano.
Diversos analistas estiman que controla entre el 40% y el 70% de los sectores de la economía cubana vinculados a divisas. Algunas estimaciones le atribuyen influencia sobre alrededor del 40% del PIB oficial cubano. La Pontificia Universidad Javeriana estima que GAESA dispone de liquidez y recursos bancarios superiores a los 14 mil millones de dólares.
Las cifras exactas son imposibles de verificar debido a la opacidad financiera del conglomerado.
El nivel de secretismo alrededor de GAESA es tal que, en 2024, la entonces contralora general de Cuba, Gladys Bejerano, fue removida del cargo después de admitir públicamente que el Estado cubano no tenía jurisdicción para auditar el conglomerado.
Años antes, el entonces ministro de las Fuerzas Armadas, Leopoldo Cintra Frías, también fue relevado tras intentar impulsar una investigación interna sobre el holding militar.
Mientras tanto, Cuba acumula una caída aproximada del 15% de su PIB en los últimos cinco años y enfrenta graves problemas de insolvencia. El Observatorio Cubano de Derechos Humanos estimó en 2025 que casi nueve de cada diez cubanos viven en condiciones de extrema pobreza o apenas de supervivencia.
Eso no significa negar el impacto real del embargo estadounidense.
Un estudio del Real Instituto Elcano sobre las sanciones impuestas entre 1994 y 2020 concluye que el endurecimiento del embargo sí afecta el crecimiento económico cubano impactando significativamente el consumo de las familias y las dinámicas de las ventas y el empleo del sector privado, sin que se aprecie un efecto significativo en los indicadores de la economía estatal.
Pero el mismo análisis señala que el desempeño de la economía también depende de factores internos: exportaciones, competitividad, sistema monetario, monopolios estatales y decisiones de política doméstica.
Y allí aparece una de las grandes contradicciones cubanas: mientras el deterioro económico golpea directamente a la población, las estructuras vinculadas al aparato político-militar han preservado enormes niveles de control económico y financiero.
La revolución que prometió acabar con las élites económicas terminó construyendo una nueva.
El problema de Cuba ya no puede explicarse únicamente por el embargo.
También debe explicarse por la enorme concentración de poder económico dentro de una élite político-militar que terminó enriqueciéndose incluso en medio de la pobreza de su propio pueblo.




