31 mayo, 2026

31 mayo, 2026

La economía y el bienestar nadan a contracorriente

Faljoritmo/Jorge Faljo

Entre las notas más destacadas de la semana, que conviene ver como conjunto, se encuentran la caída de la producción y de la recaudación tributaria, la difícil renegociación del T-MEC, la inversión extranjera directa y el incremento de las importaciones agrícolas. Son noticias no enteramente novedosas en el sentido de que responden a una tendencia de largo plazo.

El indicador más general es el comportamiento de la producción. Banxico proyectó originalmente que en 2025 el Producto Interno Bruto -PIB-, crecería alrededor de 1.2 por ciento; conforme avanzó el año redujo su pronóstico a 0.1 por ciento y a final de cuentas el crecimiento efectivo fue de 0.8 por ciento. No tan malo si se pensábamos que se acercaba a ser negativo. Ahora que si comparamos ese incremento con el de la población resulta que si existe una evolución ligeramente negativa del producto per cápita.

Para 2026 Banxico proyectó en febrero un crecimiento de 1.6 por ciento y lo acaba de reducir a un rango de entre 0.5 y 1.7 por ciento, lo que promedia el 1.1 que señalan los medios. Lo cierto es que toda predicción está sujeta a cambios, sobre todo los que va imponiendo la realidad; lo usual es iniciar un año con algo de sesgo al optimismo y luego se va ajustando.

En la caída de la producción destacan las manufacturas aunque no todas por igual. Se presume el incremento de las exportaciones de algunas manufacturas con altibajos que inciden sobre todo en la producción de vehículos. No obstante es la producción orientada al mercado interno la que presenta un persistente y notable deterioro. La producción textil y del vestido, de calzado, muebles y otros productos de consumo mayoritario ha sido en gran medida substituida por importaciones.

Sea por un diseño expreso o por mero descuido la estrategia de bienestar ha operado bajo la idea, muy generalizada, que es mejor importar cuando es más barato que producir internamente. Lo que se ha traducido en una aguda desindustrialización del país en cuanto al abasto del consumo mayoritario, se trate de manufacturas o de alimentos básicos. Es una visión inmediatista que socaba el empleo y el bienestar de gran parte de la población.

No solo se pierde empleo en la producción convencional, histórica, orientada al mercado interno. Hay señales de recorte del empleo en grandes empresas (Femsa, Sigma Alimentos, Cemex).

Un resultado de la situación descrita es que en abril los ingresos tributarios cayeron en 4.8 por ciento respecto a abril de 2025 y la captación del Impuesto sobre la Renta se desplomó en 12.9 por ciento real anual. El gobierno se empobrece y pierde capacidades operativas en un momento en que se encuentra en riesgo su calificación crediticia. Este empobrecimiento que refleja el de la gran mayoría contrasta con que el 1 por ciento del estrato más rico posee alrededor del 40 por ciento de la riqueza (no el ingreso) del país. A diferencia de otras economías en México no existen impuestos al patrimonio ni a las herencias.

El muy mencionado máximo histórico de la inversión extranjera en México alcanzó los 23 mil 591 millones de dólares de los que 22 mil 22 millones fueron reinversión y no nuevas inversiones. Es posible suponer que buena parte de esa reinversión prepara a las empresas para cumplir con mayores exigencias para la exportación a Estados Unidos y también se traduce en incrementos de eficiencia asociados a menor necesidad de personal. Vistas en un entorno de reducción de la producción tales inversiones parecen tener un impacto en producción y empleo que es substitutivo de empresas y producción ya existente.

La inversión de Pilgrim’s de 1 mil 300 millones de dólares para producir pollo y huevo se anuncia como substitutiva de importaciones, lo que suena bien. Sin embargo en un contexto de progresiva destrucción de decenas de miles de micro, medianas y cada vez más grandes productoras en las últimas décadas, podría pensarse que otro efecto posible será desplazar del mercado a empresas ya existentes. La alternativa sería reactivar unidades de producción históricas mediante una estrategia económica y social pertinente.

En un tiempo ya lejano la percepción era que la firma del TLCAN le daría a México un trato privilegiado, mejor que de cualquier otro país. No fue así y ahora el tratado parece contraproducente en rubros importantes del comercio con Estados Unidos.
Rogelio Garza Garza, presidente de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz señalo que su sector enfrenta una desventaja competitiva frente a productores de Europa, Japón y Corea del Sur. Estos últimos, dijo, pueden mandar vehículos con arancel de 15 por ciento sin cumplir ninguna regla de origen. En cambio nosotros tenemos que cumplir con un contenido regional de 75 por ciento.

Lo que podría cambiar porque ahora el gobierno de Donald Trump quiere que los autos fabricados en Norteamérica tengan un 50 por ciento de valor producido en Estados Unidos mientras que el nivel de contenido regional subiría a un total de 82 por ciento. Actualmente el T-MEC exige que el 40 por ciento del valor de las piezas principales de los autos de pasajeros sean generados en países con salarios altos, como EU y Canadá. La propuesta ya fue presentada en las negociaciones entre EU y México que se están realizando sin la presencia de Canadá.

Al respecto la vicepresidenta de Toyota Motor de México, Lizzete Gracida, advirtió que establecer un contenido específico por país, y no únicamente regional sería una verdadera «píldora venenosa» para México: incentivaría el traslado de una parte creciente de la cadena productiva hacia territorio estadounidense.

Relocalizar la producción industrial dentro de Estados Unidos es precisamente la intención explicita del gobierno de Trump.
Cumplir con los nuevos requisitos que plantea Estados Unidos requeriría fuertes inversiones en un contexto de incertidumbre pues no hay real garantía de que las reglas no vuelvan a modificarse más adelante. Con Trump no existen certezas duraderas.

Por su parte, México llega a la negociación con el interés modesto de eliminar los aranceles impuestos por Washington en el último año: 25 por ciento a los vehículos y 50 por ciento al acero, al aluminio y al cobre. El objetivo mexicano es preservar las condiciones anteriores y un entorno más favorable a las exportaciones manufactureras. Es decir a la parte globalizada de la manufactura nacional que es la que se considera relevante, diferencia de la orientada al consumo interno.

El panorama es sombrío; las dificultades son enormes y no serían resueltas ni siquiera si el T-MEC siguiera manteniendo las mismas condiciones de exportación. No lo ha hecho en los últimos años y menos ahora que Estados Unidos endurece condiciones. Es posible que la joya de la corona de la industria nacional, la manufactura globalizada se vea afectada negativamente. Tampoco podemos esperar mucho de la Inversión Extranjera Directa, ni en cantidad ni en calidad.

Lo que queda es repensar a fondo un giro de estrategia. Para empezar un gobierno fortalecido por un incremento de la captación tributaria que lo acerque a lo que es normal en los ingresos de los países de la OCDE; un gobierno con un fuerte instrumental para incidir en la orientación de la inversión, con prioridad en reactivar capacidades existentes en el campo y en la pequeña y mediana industria.

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