El domingo 14 de junio Trump anunció que el “acuerdo” con Irán, que había anunciado 39 veces con anterioridad, estaba por fin completo y que retiraba el cerco naval norteamericano en el estrecho de Ormuz. Invitó a los buques del mundo a calentar motores y a transitar libremente.
Shehbaz Sharif, el primer ministro de Irán señaló el mismo día, que se había alcanzado un acuerdo para el fin inmediato de las operaciones militares en toda la región, incluyendo Líbano. La ceremonia para la firma oficial del documento sería el viernes 19 en Suiza y entretanto habría discusiones previas para definir cuestiones técnicas.
Trump se refirió al mismo acuerdo esencial que tenía sobre su escritorio desde hacía semanas sin decidirse a firmarlo. Estaba, sin embargo, cada vez más presionado por la creciente impopularidad de la guerra entre sus más fieles seguidores; por lo inminente de una recesión global; por la caída de las reservas estratégicas de petróleo y el incremento previsible de los precios de la gasolina y los alimentos.
Habría que sumar el terror de los países árabes del golfo a una reanudación abierta, ilimitada del conflicto. Por ejemplo, el ataque norteamericano a reservas de agua potable iranís abrió la posibilidad de la más terrible represalia: que Irán destruyera las indefendibles desalinizadoras de los países árabes aliados de Estados Unidos y de las que depende su supervivencia. Para estos países la nueva perspectiva es que la docena de bases militares que rodean a Irán lejos de protegerlos incrementa su riesgo existencial.
Tras 40 días de bombardeos iniciales, el asesinato del supremo líder político religioso y su familia, de 165 niñas, de otros líderes políticos y militares y de miles de civiles, Trump anunció un cese unilateral al fuego el 7 de abril. Irán anunció que limitaba sus acciones militares a represalias si era atacado.
Durante el supuesto cese al fuego hubo continuas provocaciones y represalias que parecían un acelerado juego de pingpong difícil de seguir y entender. No obstante ambos bandos actuaron dentro de ciertos limites probando la determinación del contrario.
A lo largo del conflicto Estados Unidos fue disminuyendo sus objetivos iniciales. No consiguió la capitulación de Irán, ni el cambio de su gobierno por otro afín a sus intereses, tampoco el control de la mayor región productora de energéticos del planeta.
Irán mostró su capacidad para responder a la agresión gracias a 20 años de preparación secreta; en particular un vasto arsenal de drones y misiles en instalaciones subterráneas bajo sus montañas y costas. Décadas de sanciones y aislamiento de la economía global no le impidieron desarrollar capacidades tecnológicas y militares propias que sorprendieron al mundo. Esto le permitió a Irán ser inflexible en su objetivo central: esta tendría que ser una guerra tan costosa para sus enemigos que nunca más se atreverían a volver a atacarlo.
Pero el camino a la paz está lleno de obstáculos. Cuando la semana pasada Trump anunció la cercanía de un acuerdo Israel bombardeó Beirut. Trump llamó a Netanyahu, el primer ministro de Israel y con palabras soeces, lo conminó a suspender ese ataque. Pero los ataques continuaron y ante uno de ellos Irán le hizo saber a Trump que en defensa de Líbano ejercería represalias contra Israel. Lo que haría imposible seguir con el ya cercano primer paso en la negociación. Trump le pidió a Irán no atacar y, a cambio de ello, ofreció la firma inmediata de un Memorándum de Entendimiento que aceptaba importantes demandas iranís.
El contenido del Memorándum es secreto y muy probablemente todavía no existe un texto definitivo, pero si es un acuerdo marco que abre un período en principio de 60 días para un arreglo integral que incluye varios preacuerdos de la mayor importancia.
Lo primero es que se abre el estrecho de Ormuz a la navegación bajo la administración conjunta de Irán, sin el cobro de tarifas de tránsito, pero abierto a la posibilidad anunciada por Irán de que más adelante cobrará cuotas por servicios de administración, seguridad, conservación ambiental. Es decir un pago similar pero con un lenguaje aceptable dentro de las normas internacionales. Tan solo este punto constituye un respiro para el planeta; ha incidido en la baja del precio del petróleo y a mejorado las bolsas de valores.
Un punto que llama la atención es que habrá reparaciones de guerra bajo otro nombre. El vicepresidente Vance mismo anunció que Irán tendría acceso a un fondo de 300 millones de dólares de inversiones para su reconstrucción cuyos recursos provendrían de los países árabes del golfo. Otros señalan que más adelante podría participar Estados Unidos.
Se adelanta al parecer el retorno de 12 mil millones de dólares de fondos de propiedad iraní congelados. Más importante aún es el fin de las sanciones a la venta de petróleo, lo que incluye el uso del sistema internacional de pagos y el aseguramiento de sus buques.
Hay que celebrar que Trump se haya decidido a poner fin al conflicto. Pero no lo ha conseguido. El mero anuncio de que, ahora sí, habrá negociaciones relativamente serías para llegar a un posible acuerdo de paz duradero, enfrenta enormes obstáculos. El mayor de ellos se llama Israel.
Tal vez la mayor exigencia de Irán en el camino hacia la paz es el cese inmediato de hostilidades en toda la región. Para Irán no hay varias guerras simultaneas y distintas; hay una sola guerra que se desarrolla en múltiples frentes. Exige que Israel suspenda sus ataques en Líbano; lo que no implica una mera suspensión dentro de sus actuales posiciones sino el retiro de una invasión que ya arrasó todos los pueblos y cada una de las construcciones en el sur del país.
Israel ha declarado que no tiene la intención de abandonar los territorios que ha invadido en Líbano, Gaza, Cisjordania y Siria. De hecho en los tres primeros ha acentuado los ataques a las infraestructuras civiles y directamente los asesinatos de la población. Es un triple genocidio en marcha.
La población de Israel ha sido adoctrinada en su supuesto derecho religioso a “la tierra prometida”. Una tierra cuya conquista según el antiguo testamento se haría eliminando a la totalidad de sus habitantes y que ahora se plantea como un derecho moderno contra los semitas no judíos.
Para Israel la perspectiva es todo o nada. O continúa en guerra eterna con sus vecinos; o renuncia a los territorios invadidos. Esto último es un requisito de paz que podría darse bajo la protección norteamericana e internacional. Equivaldría a su derecho inalienable a existir… dentro de su territorio legal. Pero esto es ideológicamente inaceptable para los sionistas israelitas y sus adinerados apoyos en la política y los medios norteamericanos.
Trump dijo que sin Estados Unidos, y sin su apoyo personal, Israel no podría existir. Es cierto. Pero eso no significa que Trump podrá contener a Israel y a sus aliados que están dentro de su propio gobierno y la clase política norteamericana. Esto a pesar de que la mayoría del pueblo norteamericano ya no apoya a Israel.
El Memorándum es secreto porque oculta una derrota. Ahora Trump enfrentará a los que hasta hace unos días eran sus aliados. Le harán pagar muy cara su decisión; no porque la guerra haya sido ilegal, injusta e inmoral, sino porque la perdió a un alto costo y falta mucho que pagar.




