18 junio, 2026

18 junio, 2026

Palabras tranqui antes de llegar a la cafetería 

Crónicas de la calle/Rigoberto Hernández Guevara 

Hay determinadas horas, no sé usted, pero las encuentro llenas de gente minuto a minuto . Un café de conversaciones bravas y tardías de gente como que cree haber visto todo. Gente con la última palabra hasta que llega otra con voz gruesa y cansada, no tanto como para no encontrar la atención de la mesera de falda corta.

A veces hay pasos llegando a casa que suelo adivinar o equivocarme antes de esquivar y salir por la tangente de la vida porque no estoy para nadie y no obstante estoy, siempre estuve en la cafetería de la esquina.

Hay pasos distintos llegando a la cafetería concurrida ahora, mañana quien sabe. Pasos míos y de otros, míos de nuevo más lentos y atentos, cada vez menos en la tarde oscureciendo. 

Antes de llegar a la cafetería comprendo que voy a tiempo y reflexióno acerca de la puntualidad que me ha hecho compañía a lo largo de la existencia. Estuve ahí a la hora señalada. Fue creo una herencia de mi padre. Más tarde hubieran ocurrido otras cosas, no hubiera encontrado al amor de mi vida y tal vez no hubiese tenido mi único amigo ni a mi mismo.

De llegar tarde quizás no habría nadie o hubiera encontrado cerrado el establecimiento. Y las palabras que escuché eran como palomas, más tarde hubiera perdido el interés por saber, por divertirme un rato en el diálogo gracioso y sin sentido que, aunque no lo crea usted, lo mantiene a uno vivo.

Acudo en automático a este sitio. Acusa de recibo esta calle ahora atiborrada de vehículos. Cada vez resulta más complicado cruzar de un lado a otro e ir tranquilo. La experiencia me aporta datos como el jardín de al lado del establecimiento, la mujer que me sonreía antes de que el predio cambiara de vocación y se conviertiese en boutique y cosas para regalar. Yo mismo he pasado temprano para ver el aparador realmente novedoso. También saludaba a Esteban, era como estar en un poema de Pessoa, que levantaba la mano. Hace años de eso, no sé ahora cuántos, es lo mismo.

Antes de entrar al café recuerdo: Puedo ver la silueta interior de hombres sentados mirandose, diciendo algo. Puedo leer sus labios. Las historias del día, los datos encontrados en las calles de esta Victoria amable, linda y mucha memoria.

Esta vez paso de largo. A ciencia cierta hace días cerraron la cafetería . Alguno amigos se retiraron antes, otros aun los conservo en el Facebook y nos saludamos acaso en cumpleaños. Hubo una muchacha que me sonreía en  la cafetería desde su mandil rojo donde se podía presentir su esbelto cuerpo. También fui muy joven, aunque hoy no tanto, y solía correr cien metros planos.

Me dirijo a la nueva rutina donde soy aficionado. A estar conmigo mismo de ida y vuelta a ver a quien me encuentro. Al paso sale gente que conozco hace muchos años. Los conocí aquí caminando por la calle Hidalgo y reconozco que saben de mi lo mismo que yo de ellos. Nunca nos saludamos pero somos los mismos, simples ciudadanos buscando probablemente café, un lugar pequeño para almorzar y leer el periódico antes de actualizar las redes sociales con una opinión fuera de contexto, sin likes, sin vistas, para los tres seguidores anónimos.

Para mi es una nueva era. La ciudad afuera sin soltar, sin soledad, sin Esteban cuya generación no conoció el Internet, sólo conoció el alma, las palabras inscritas en Ia mirada y no en una pantalla. 

Ahora mismo espero no estar discutiendo con la Inteligencia Artificial. Y, aún cuando es imposible, siento que estoy a unos pasos de la cafetería aquella. Veo amigos a través de un filtro, la muchacha me sonríe como siempre desde una página blanca… nada ha cambiado, sólo oscurece, como todas las tardes. 

HASTA PRONTO 

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