17 julio, 2026

17 julio, 2026

Percepción y realidad…

ARCA DE NOÉ / PEDRO ALFONSO GARCÍA
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Hay semanas en que la ciudad parece tranquila y, de repente, ocurren sucesos que perturban la paz cotidiana; los hechos más recientes son distintos en su naturaleza, pero similares en lo que generan: la preocupación de saber que ciertos problemas no están del todo resueltos y que la calma que reflejan los indicadores convive con una realidad que todavía tiene aristas sin resolver.
Durante cuatro días, Ciudad Victoria estuvo en vilo: Zayda Merari Moya Pesina, de 26 años, avisó a sus familiares la noche del 10 de julio que salía del trabajo; colgó el teléfono y, desde ese momento, no volvió a tener contacto con nadie. Esto llevó a su familia a levantar el reporte de desaparición ante la Fiscalía e inició un trance de angustia y especulación.
Horas después, la Fiscalía emitió el boletín de búsqueda y comenzó a circular la versión de que la joven podría ser víctima de un delito; en redes sociales, la ficha se difundió de manera inmediata, los llamados de la familia y de sus amigos más cercanos se multiplicaron y, durante cuatro días, la presión ciudadana no cedió.
El miércoles por la tarde, un operativo coordinado entre la Fiscalía de Desaparición Forzada y la Secretaría de Seguridad la encontró con vida en una vivienda en ruinas de la colonia Álvaro Obregón, un barrio enclavado al pie de la Sierra Madre.
Las autoridades emitieron un escueto comunicado; el fiscal Govea, cuestionado en otros casos polémicos por declaraciones precipitadas, apareció frente a las cámaras para informar que Merari estaba sana y salva y confirmar que había sido víctima de un secuestro.
Como suele suceder en casos así, para el momento de la explicación oficial las redes sociales ya se habían adelantado con versiones especulativas: se dijo que el plagio respondía al incumplimiento del pago de una cuota y que hubo una exigencia de rescate que fue rechazada, relato que circuló hasta que se oficializó que Merari ya estaba libre.
Para la reflexión queda la intensidad de la inquietud que se generó en una memoria urbana que vivió años en los que las desapariciones eran una posibilidad cotidiana, así como la conclusión de que lo ocurrido podría ser una señal del regreso a los viejos tiempos.
El segundo hecho de la semana tiene otro perfil, pero produce también un efecto perturbador: el enredo del Winner Casino ha generado desconfianza sobre la operación de ciertas empresas y sobre la capacidad del Estado para hacer cumplir sus propias resoluciones judiciales.
Se trata de una demanda de amparo promovida desde Victoria ante un juzgado con sede en Pachuca, que ordenó el embargo de bienes de la casa de apuestas mediante el juicio de amparo 1550/2026: un litigio mercantil entre particulares por la terminación de un contrato de arrendamiento que terminó con un actuario federal en la puerta del establecimiento.
Más de 200 trabajadores bloquearon el acceso sobre el bulevar Tamaulipas desde las primeras horas del miércoles; se colgaron de los barandales, colocaron un tráiler como refuerzo del bloqueo e impidieron que la Guardia Estatal —que llegó a respaldar la diligencia— lograra que el actuario accediera al inmueble.
La confrontación entre las partes generó especulaciones de todo tipo, pero lo cierto es que la diligencia quedó en intento por una razón concreta: la empresa adeuda tres quincenas, entregó cantidades parciales y pidió plazos que se vencieron sin que llegara el pago. El conflicto derivó en un triple enredo: judicial, laboral y patronal, y el Poder Judicial local solo “aclaró” que la acción no respondía a motivaciones políticas, sino al cumplimiento de un mandato federal, deslinde que, sin embargo, revela que hay otro fondo.
El caso se da en un contexto más amplio que obliga a una lectura adicional: en abril pasado, desde Estados Unidos se sancionó a Casino Centenario en Nuevo Laredo y a Diamante Casino en Tampico por operaciones de lavado de dinero, sanciones derivadas de investigaciones de la DEA.
Esas sanciones dejaron en claro que el negocio de las apuestas no opera en un vacío y que las autoridades norteamericanas tienen una lectura propia sobre ese sector, al margen de lo que ocurra en los juzgados federales o en las negociaciones laborales de Ciudad Victoria.
El más reciente sondeo del INEGI sobre seguridad colocó a Ciudad Victoria con 49.5 por ciento de percepción de inseguridad, una mejora frente al 52.6 por ciento registrado en 2024; los indicadores van bien, pero los hechos de esta semana recuerdan que esa tendencia no está blindada.

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