Más antes, como decían las viejas, meter el hilo en el ojillo de una aguja era cosa fácil. Con un poquito de saliva, el hilo entraba con precisión milimétrica en el umbral de uno de los objetos más antiguos del mundo.
Las cosas pequeñas son extraordinarias porque han logrado sobrepasar los siglos y siguen tan campantes como el whisky colorado.
La Biblia menciona que es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico. Y no porque sea rico, sino por malvado. La aguja del instantero cubre la carátula del reloj como si paseara en el tiempo. Cambien la aguja del ferrocarril como control de tránsito.
Cuando se es mozo, y no quiero decir gato. Mozo porque se es joven, se decía del novio: «es un buen mozo para ti». Ahora se dice: «Tiene lana, sus papás, tienen mucha lana»…y los buenos mozos desaparecieron. Las chicas se casan con trompudos, mamones, panzones, y hasta enfermos con tal de contar con la lana. A la mejor las actitudes son las mismas de antes pero lo cierto es que observamos superpanzones, gatos bodegueros, glotones de alacena, casarse con hermosas muchachas. Y es el dinero, el mucho dinero lo que define este amor pasajero y de convivencia social.
Pero ensartar la aguja es cosa de buenos ojos y para los buenos ojos, cuando se está joven. Así, hemos llegado a la edad de las Lupitas. Nos prendemos a una lupa, grande o chica para poder mirar no sólo la carátula del reloj o del teléfono, también para mirar documentos de letras chiquitas o para buscar las pequeñas cosas insignificantes.
Lo más terrible es que busquemos nuestros anteojos, y los encontremos en nuestras propias narices, o sea, colocados en nuestros ojos.
Decía Condorito, al acudir con el oculista; «Quiero tres pares de lentes», ¿para qué?, le preguntó el oculista, y Condorito responde: «Uno para ver de cerca, otro para ver de lejos y otro para buscarlos…».
Las edades se nos vienen encima y las cosas ya no son como son, o como eran. Para beber jocoque le soplamos y para mamar agarramos aire. Ya no hay parafina para el pabilo y sólo brotan lagrimitas de ver que el buen bistec se nos va de las manos.
Son otros tiempos, las mocedades ya se olvidaron y sólo nos queda el camello que no hemos logrado meterlo en el ojo de la aguja.




