1 febrero, 2026

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Por amor a los libros…

Para Don Vicente Vargas, el aprender el oficio de encuadernador es mucho más que solo colocar pastas, es darle una probadita al universo en cada página, en cada novela o tratado científico que cae en sus manos

CIUDAD VICTORIA, Tamaulipas.- El oficio de encuadernador, tiene una muerte anunciada, dice don Vicente Vargas Rosales, el último encuadernador de Victoria que llegó por amor a la capital tamaulipeca hace más de 20 años.

Es originario de San Miguel Regla, en el estado de Hidalgo, una comunidad donde la agricultura y la ganadería en menor escala, eran las únicas actividades para subsistir. Su padre, don Vicente, aprendió a leer y escribir, se ignora quien lo enseñó, pero se percataba que ese aprendizaje llevaría a sus hijos a nuevos horizontes y se empeñó todos los días para que sus pequeños caminaran hasta 8 kilómetros de ida y vuelta, para llegar a la escuela, sin importar si afuera llovía, hacía sol o frío.

«Desde que aprendí el oficio en la Ciudad de México, han pasado 40 años, en 1969 entré a un taller sin saber nada, sin saber que los libros se podían arreglar y quedan bonitos. Hojeó los libros, algunos, no me puedo dedicar a leer porque dejo de trabajar, tengo que arreglarlos, ¡de ahí vivo! Pero de que los leo, sí los leo, a todos les doy una probadita. Las novelas me gustan, tal vez porque es fácil leerlas, pero me gustan también los libros científicos, me gusta leer sobre el cosmos, quiero saber a dónde va el universo, o qué es el universo», dice don Vicente, mientras recuerda también a don Ángel Varela, originario de Tlaxcala, el hombre que le enseñó el oficio por completo.

«Don Ángel aprendió en un taller como yo, pero él estudio después en una escuela de artes, porque un cliente quedó insatisfecho con el trabajo. Él concluyó que le habían enseñado el oficio a medias, y
decidió que nadie más le llamaría la atención por su trabajo. De él aprendí, y me enseñó todo lo que era», dice con tono de satisfacción.

Don Vicente es un hombre tranquilo, esas «probaditas» que le ha dado a cada uno de los libros que repara le han dejado una experiencia y lo hacen sabio, un observador de la vida, casi un filósofo que a diario convive en silencio con los libros.

GANAS DE APRENDER
Su trabajo artesanal requiere paciencia, cada detalle es único desde el guarda pasta, un papel que coloca en los libros con figuras caprichosas.

«Mire, nada más que este trabajo ya no lo puedo hacer con facilidad, para hacer las guardas necesito aguarrás de pino y ya no encuentro. El aguarrás de ahora es sintético y no queda igual».
Otra cosa que acaba es las ganas de otros por aprender el oficio de la encuadernación.

«El que quiera aprender esto será porque de verdad le gusta. Yo veo como está el trabajo y también sé que otra generación más no va a vivir de esto. Por eso ni presioné a mis hijos, ellos tienen su profesión, pero de esto ya no podrá vivir una generación más».

Haciendo memoria, llega la cifra de su primer ingreso, 350 pesos a la semana en la Ciudad de México.

Por esa época los maestros percibían en Tamaulipas 450 pesos por quincena.

Los oficios eran bien pagados y en aquella época se lograba una buena vida con la jornada de ocho horas diarias.

«A los libros hay que curarlos, hay que rescatarlos y quitarles el daño que tengan para que sigan funcionando. Nosotros como los médicos no podemos disculparnos nada más por regarla, los libros son un paciente y no podemos darnos el lujo de equivocarnos».

EN TIERRAS CUERUDAS
Cuando don Vicente Vargas llegó a Victoria, buscaba mejores condiciones de vida para sus hijos. Su esposa era de Santa Engracia, la pasión por el atletismo atrajo a don Vicente hasta estos lares.

Por quince años vivieron en la Ciudad de México, pero a medida que la urbe crecía se imposibilitaba la educación para sus retoños y así llegó a Victoria.

«La familia de mi esposa me apoyó, mi cuñado que es albañil me invitó a trabajar con él, porque cuando llegue fue difícil encontrar a quién le interesara mi trabajo. Lo primero que hice fue ir a los hospitales, allá en la Ciudad de México mis clientes eran los doctores y aquí en Victoria me encontré que el doctor del Civil estaba también en el General y luego de la carrera parecía que no leían.

Hasta me dio miedo enfermarme».

Visitó bibliotecas, pero estas no tenían presupuesto para curar sus libros…

Una de tantas veces que salía a recorrer la ciudad por la simple ilusión de volver a encuadernar y casi cuando comenzaba a agarrarle cariño a la albañilería, don Vicente conoció a Juan Fidel Zorrila, en
el Instituto de Investigaciones Históricas.

Juan Fidel Zorrilla, un apasionado de los libros, sabía reconocer la calidad de un encuadernado y así le contrató y el trabajo de don Vicente comenzó a difundirse, ahora muchos de los libros de la Biblioteca Estatal Marte R. Gómez han pasado por las manos de Vicente, el último curador de libros.

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