19 junio, 2026

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Laberintos del poder

La ley “lego”

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No tengo el dato actualizado. Me quedé en el 2015, poco más de un año atrás, cuando la Constitución General de la República, obviamente la nuestra, registraba ya 618 reformas.

Hoy, en la antesala de cumplir su primer centenario –aunque no lo vea espero sinceramente que llegue al segundo– la Carta Magna mexicana sigue sujeta a un amasijo de intereses políticos, sociales y económicos, cuya mezcla ha provocado a lo largo de casi un siglo precisamente esa manipulación y deformación constante de su contenido, aunque debo admitir que algunas de esas enmiendas han sido positivas.

Las números hablan. De sus 136 artículos, sólo 27 se mantienen intactos. El resto, 109, ha sufrido la aplicación de tantos parches que en algunos casos ni siquiera se parece al espíritu original del constituyente. Si un abogado hubiera estado fuera de México durante los 30 años anteriores y volviera a litigar con base en ese ordenamiento superior, tendría que releer casi todo el texto para tratar de entender el espíritu “renovado” que ahora la cobija, muchas veces a modo y complacencia de las sucesivas generaciones del poder.

Las comparaciones son odiosas, pero aleccionadoras. Frente a nuestra máxima ley, su homóloga en Estados Unidos apenas ha registrado 27 enmiendas ratificadas, la primera promulgada en 1791 y la vigesimoséptima –la última hasta ahora– relativa a lo que deben ganar los miembros del Congreso norteamericano, se promulgó en 1992. Han transcurrido ya 24 años sin que se vuelva a tocar su contenido, mientras aquí hacerlo parece un deporte o peor aún, una diversión.

No parecen pocas 27 adecuaciones de esa ley del vecino país, pero si a esa cifra se añade que la Constitución estadounidense fue promulgada en 1787 y por lo tanto suma ya 229 años de vida –en 2017 sumará los 230– la diferencia entre las afectaciones a ambas leyes generales casi movería a risa, si no fuera porque en realidad lo que le ha sucedido a la nuestra es para soltar el llanto.

A la luz de lo anterior, la verdad es que hemos convertido a nuestra Constitución en una especie de “lego”, ese juguete que se puede modificar al gusto de quien lo maneja y cuyas figuras armadas no siempre son las que se desea porque se confunden o se pierden las piezas. Cualquier semejanza entre el juego y esa normatividad no es casualidad, es la realidad.

Y aún así, todavía se prepara un gran festejo para celebrar los 100 años de la Carta Magna. ¿Cuál?… ¿La original o el remedo que tenemos ahora…?

Sentido común
Me parece, dentro de las circunstancias especiales que vive el Estado, una decisión acertada.

Me refiero a la disposición del Secretario de Educación en Tamaulipas, Héctor Escobar, para darle autonomía a las escuelas en lo relativo al manejo de las inscripciones. ¿Por qué considerar apropiada la medida?

Le externo mi opinión: Las ciudades de Tamaulipas son todo, menos un conjunto homogéneo de costumbres, intereses políticos a los que se suman hoy también los niveles de inseguridad. Derivado de lo anterior, es lógico que las escuelas sean también un reflejo de esa diversidad y por lo tanto, cada una enfrenta problemas diferentes y también diferentes caminos para resolverlos.

Es una determinación sensata entonces, permitirles a los directores y padres de familia enfrentar, con el conocimiento de las necesidades locales, las divergencias –siempre las hay– que pudieran surgir. Por citar un ejemplo, al tener el pulso escolar de un plantel de Victoria en la yema de los dedos, sus autoridades tienen la posibilidad de responder de mejor manera a sus requerimientos, que pueden ser hasta opuestos a los que necesita otro centro escolar en Tampico o Matamoros.

En mi juicio, es una medida apoyada en el sentido común…

Twitter: @LABERINTOS_HOY

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