13 mayo, 2026

13 mayo, 2026

El dolor de no saber de los desaparecidos

Un hecho furtivo le arrebató a una madre su razón de ser, y desde entonces recorre un camino oscuro y desgastante con la única esperanza de volver a verle. Esta es una tragedia como miles, esta es la historia de Amelia y Carlos
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CIUDAD VICTORIA, Tamaulipas.- Un día Carlos no regresó a casa.

De un momento a otro el mundo y la vida tal cual como su familia la conocía, cambió. Poco o nada se sabe de él, quien a sus cortos quince, casi dieciseis años desapareció dejando un vacío en el corazón y en la mente de sus familiares.

A partir de ese instante, el reloj parece avanzar más aprisa, y en otras ocasiones mucho más lento.

De nada sirvió moverse rápido para alertar su ausencia, pues las autoridades le pidieron a su padre y madre esperar un tiempo de ley para actuar.

Imagine el lector que pierde a su pequeño hijo de vista por sólo una hora. ¿Desesperante? Ahora multiplique esa angustia por 72… setenta y dos giros de la manecilla larga del reloj llenas de rabia y frustración debido a un mero requisito “de ley”.

Pero esos tres días son sólo el inicio de una larga e interminable serie de penosos y negros momentos.

De ahí en adelante una avalancha de tristes sensaciones, lágrimas y pensamientos aterradores recorrieron la mente de Amelia, madre de Carlos, ausente ya desde hace cuatro años.

¿Qué hacer? ¿A quién acudir? ¿Cómo pedir ayuda? ¿De qué forma sobrellevar este alarmante silencio?

Ella, y toda su familia, pasaron de ser ciudadanos comunes a un estatus que nadie en esta vida quiere tener: se convirtieron en víctimas.

Pero la ausencia es sólo el principio, el origen de la vorágine de sufrimientos y fallidos intentos que vendrían con el tiempo… el costo por abrigar una esperanza.

Amelia es pequeña y delgada, sin embargo esto más que un impedimento se ha vuelto una motivación para invertir todas sus energías en el sinuoso y largo camino de la búsqueda.

De sonrisa contagiosa, pero mirada triste, Amelia literalmente no descansa en su lucha por localizar a su hijo, cada día, cada hora, cada noche y cada tic tac del reloj su mente está puesta en una meta fija: hallarlo.

Las autoridades han hecho una muy mínima parte para ayudar a encontrar a Carlos… esté donde esté.

La burocracia, ese monstruo de mil cabezas totalmente deshumanizado que se preocupa más por defender los colores de su afiliación política que a servir al pueblo, se ha encargado de poner más obstáculos en su camino: desde malos tratos hasta literalmente negarle la atención.

Cuando una persona pierde o le es arrebatado un ser querido debido a un delito se convierte instantáneamente en víctima.

Hoy en día, existe la la Ley General de Víctimas que (en la letra) promete a quienes sufrieron crímenes o violaciones a sus derechos humanos una atención “integral” y reparación del daño. Para ello, quienes están en esta condición deben apuntarse en un registro y comenzar el trámite para ser reconocidas como tal.

Esta legislación es operada por un órgano federal: la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas a través de la cual y mediante un registro oficial suministra los apoyos que determina la mencionada Ley.

Aunque, la CEAV no es un órgano de investigación ni de administración de justicia, por lo que no indaga, ni persigue, ni juzga, ha fallado en sus funciones para dar atención a quienes han sido víctimas de un delito del orden federal o de una violación a los derechos humanos.

Sin embargo, la reparación del daño es aún una asignatura pendiente para las autoridades pues para tener acceso a ello no es suficiente con haber sido víctima, hay que demostrarlo, lo cual da lugar a la re-victimización.

Y ejemplos de esto hay muchos y suceden casi todos los días. Más de una vez Amelia tuvo que volver a exponer su caso frente a alguna ventanilla de atención, y con esto revivir y volver a sufrir como en una película que se rebobina, toda la angustia experimentada.

Supuestamente, hoy, está prohibido y hasta penado revictimizar a una persona.

Amelia tiene otros hijos, y de acuerdo a la Ley de Víctimas los menores deben cursar sus estudios en el plantel más cercano para evitar riesgos y nuevos crímenes. Pero la realidad es que en muchas escuelas no se reconocen los convenios que el gobierno federal (la SEP) ha hecho para apoyarles.

Simplemente no se acepta becar a los familiares del desaparecidos porque “no son hijos, sino hermanos de la persona no localizada” y por no depender económicamente de él… se les niega el derecho.

Pero en este mundo paralelo no solo los hijos son víctimas: esposas, hermanos, nietos y demás, sufren por la ausencia de un ser querido, el daño psicológico y la afectación en su perfil social pueden ser devastadores.

En días recientes al intentar inscribirlos en la escuela más próxima, el director simplemente le dijo que ahí no se recibían oficios de esos y que para hacer el trámite sólo había una manera: pagando.

Afortunadamente hubo espacio en otro plantel y aunque su hija ya cursa la secundaria, lo hace un par de kilómetros más lejos, con lo cual la dichosa ley que pretende protegerles… literalmente valió madres.

Pero Amelia no espera sentada el regreso de su hijo desaparecido.

Sus pies han recorrido varios estados de la república, escudriñando hasta el más ligero rastro que indique qué sendero seguir o qué puerta tocar. Su andar la ha llevado a lugares que hace años ni en sus más alterantes pesadillas hubiera imaginado.

Desde fosas comunes hasta cárceles (donde algunos que se hallan en calidad de desaparecidos están presos con un nombre diferente) y oficinas gubernamentales donde revisan foto por foto a cada uno de los cuerpos que han sido hallados pero que se mantienen en el estatus de desconocidos (a veces más de 200 registros en una sola inspección). Muchas imágenes son de cadáveres frescos, otros ensangrentados o en estado de descomposición. Unos más son huesos secos que solo son identificables mediante una prueba de ADN o por los restos de ropa o pertenencias que aparecieron junto a ellos. Y no, no es que deseen encontrar a sus desaparecidos en una fosa, lo hacen pidiéndole a Dios no encontrarlos ahí. Descartar la posibilidad de que haya muerto.

Estas jornadas de búsqueda pueden ser agotadoras, pero Amelia es imparable. En una sola semana recorrió más de tres mil kilómetros para estar en varias citas (espaciadas) con la PGR en la Ciudad de México. A su regreso a Victoria participó en eventos que apoyan la localización de personas desaparecidas y que aglutinan a varios colectivos con este objetivo. Además de esto acudió a la revisión del expediente del caso de su hijo Carlos en la Procuraduría del Estado.
El avance es casi nulo.

Hoy, a cuatro años de que la noche de la tristeza cobijó a su familia, el vaivén del diario vivir continúa aún con todos sus pesares.

Amelia mantiene su hogar en equilibrio, sobre una delgada línea que separa la cordura y la desesperación pero siempre manteniendo la esperanza de volver a ver a su hijo.

Suspira, ríe, cavila y sus ojos se ponen húmedos al hablar de Carlos. Teorías, ‘pitazos’, crueles rumores, testimonios de oídas y falsas pistas han llegado hasta ella pero no la han doblado en su esfuerzo de esclarecer los hechos. “Yo ya no exijo justicia… sólo quiero saber dónde está mi hijo”, afirma con voz quedraba.

Son las siete y media de la noche y Amelia debe ir a recoger a su hija a la secundaria. La vida sigue, el sol saldrá por la mañana y la penumbra, puntual, llegará para todos al atardecer, pero la pregunta continuará latente en su cabeza: ¿Dónde estás m’ijo?

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