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En la imprenta

Este oficio se encarga de mantener en perfecto funcionamiento la actividad comercial, educativa y artística de nuestra sociedad, aunque la modernidad se empeñe en intentar desplazarla de muchas formas

/ 09 de diciembre, 2018 / JORGE ZAMORA

CIUDAD VICTORIA, Tamaulipas.- Imagine que es 1982 en pleno diciembre. En el mercado y en la fila de las tortillas recibe su almanaque con el calendario de el año siguiente. En su casa recibe un impecable sobre cortado a la medida que contiene una tarjeta navideña enviada por sus compadres (o sus padrinos) con impactantes cromos realzados que muestran a un niño Dios en un pesebre y la estrella de Belén brillando sobre sus cabezas.

El vecino presume que su hijo entregó la tesis para acreditar su titulación en papel amartillado y un encuadernado impecable. ¡Vaya triunfo el del muchacho! Que en unos meses después recibirá el enorme documento con letras en fuente Gótica.

A la vez, recibe durante la posada de su trabajo intercambia tarjetas de presentación con algunos conocidos y nuevas amistades. Éstas vendrán con diversos diseños que le ponen su sello personal a cada oficio o profesión.

Usted recibe visitas: su ahijado dará el gran paso de formar un hogar y le ha llevado una elegante invitación envuelta en celofán con un estilo sobrio pero que se destaca con detalles
troquelados y recortados. La redacción es impecable y los nombres de los novios en letra ‘pegada’ en color plateado y motivos brillosos.

¿Puede notar el lector lo que es común denominador es todas estas situaciones? Exacto, las artes plásticas aplicadas al diario vivir.

Es muy común pasar frente a una imprenta y percibir el olor a tinta, el ruido de las máquinas funcionando y ver a los prensistas elaborando todo tipo de documentos comerciales y personales necesarios para el buen funcionamiento de oficinas y negocios.

Sin embargo, de lo que muy poco se habla es que este oficio se ha visto achicado con el paso de los años y lo descrito al inicio de este texto tiende a convertirse en un recuerdo borroso de una sociedad que ha ido evolucionando de lo físico a lo digital.

Es verdad que mudar del papel a la imagen en un display es una tendencia mundial y que es motivada en gran manera en el afán de consumir menos papel y los recursos naturales empleados para su fabricación.

Pero no se puede negar que la comunicación y las costumbres de la sociedad se han visto mermadas e incluso eliminadas al grado de volver el diario vivir en una experiencia unipersonal.

Hoy en día son muy pocas las persona que envían (y reciben) una tarjeta de cumpleaños en su correspondencia. La felicitación y los buenos deseos se expresan a través de redes sociales,
que, aunque suelen ser puntuales y directas, pierden el sentido del acompañamiento y la calidez de antaño pues demandan un mínimo esfuerzo de unos cuantos clics y textear un mensaje (muchas veces en una descortés y descuidada ortografía) y cuya presentación ya viene con fondos, motivos y colores preestablecidos.

Ciertamente al buzón instalado en la fachada de los hogares mexicanos solo suele llenarlo propaganda y publicidad que termina siendo basura a los 2 minutos de haber sido leída.

Algo similar ocurre con las formas comerciales. A partir de este año será obligatorio el uso de la “factura digital” desplazando así a las emitidas en papel por cada establecimiento dedicado a los productos y servicios.

En el ámbito político la propaganda política también fue casi eliminada y con esto la demanda de trabajo para las imprentas bajó.

Sin embargo aunque mermado, el trabajo elaborado por los prensistas todavía es muy difícil que vaya a desaparecer.

El Caminante se fue a echar la platicada con un profesional que traen en el morral 43 años de experiencia y que ha atravesado diferentes épocas en el poco valorado oficio de las artes gráficas: Alfonso Castro.

Don Poncho trabaja en una imprenta modesta, pero que en su haber tiene el respaldo de haber empezado en este oficio cuando prácticamente había muy poco o nada de infraestructura y mecanización.

“Yo lo primero que hice fue trabajar en una máquina chica para tamaño oficio alla en el Carbuformas, una empresa que estaba pegada a las difusoras que están en el 13 y 14 Juárez. Ahí se instaló una imprenta. Ahí mi primer patrón fue un licenciado que ya falleció hace muchos años el licenciado Miguel Saldívar, conocido por ser el dueño de la famosa casona en la colina
allá en el libramiento Portes Gil. Él tenía la papelería “El Lápiz Rojo” en el 12 Morelos, donde hoy está el Banco Santander, una de las más grandes de la ciudad en esa época. En ese entonces las más importantes eran la Tamaulipas, la Victoria, y el ABC en el 10 y 11 Hidalgo” cuenta el prensista.

“Ahí en esa primer imprenta que laboré trabajaba bastante gente ahí, y hacíamos invitaciones, notas, facturas, recibos de pago, oraciones, almanaques, etiquetas, boletos de rifa, hojas membretadas, trípticos, etc. Además encuadernaban, ahí tenían una maquina rayadora para hacer libros de diario, y tenían mucha maquinaria pero era todo tipografía, ahí foliaban y
sujetaban, es decir, a partir de un molde fabricar sobres, cajas etc” recuerda con gusto Don Alfonso.

En aquel entonces el trabajo de un prensista era sumamente laborioso, pues de inicio se colocaba letra por letra que contenía el texto a ser impreso. Una tarea completamente artesanal.
Con los años llegaron las máquinas Offset que permitieron la impresión en forma masiva.

Pero uno de los grandes retos de este oficio no era solo operar la maquinaria sino saber repararla. Don Alfonso siempre aceptó el reto de meterse a las entrañas de estos mecanismos enormes y mediante el análisis del manual (cuando lo había), preguntas aquí y allá, o parando oreja y asistiendo a cursos en diferentes partes del país e incluso en Estados Unidos aprendió a domar a la fiera de acero y tinta.

El avance tecnológico no se detuvo y más artefactos y técnicas como la serigrafía llegaron para facilitar impresión en casi cualquier superficie. Tambien la fabricación de sellos de goma, necesarios para toda labor comercial y oficinal evolucionó en nuevos procesos de elaboración con materiales innovadores como la baquelita y otros polímeros.

A la par, nuevas técnicas de diseño a partir de programas de computadora llegaron y las posibilidades se expandieron. La tarea de imprimir se volvió del dominio doméstico. Cualquier hijo de vecina con una PC potente y la paquetería de diseño Corel Draw podía dar forma a infinidad de documentos listos para ser usados como formas comerciales o para trabajos escolares, tesis, avisos e incluso tarjetas de presentación y hasta almanaques y boletaje. Sin embargo, como dice don Poncho, esto no pasa de ser un trabajo amateur pues la chamba para los profesionales de las artes gráficas es muy difícil que desaparezca sobre todo para satisfacer los pedidos a gran escala y la producción en serie y aunque la tecnología va desplazando a la mano de obra, siempre habrá necesidad del talento humano para llenar esta necesidad.

Los prensistas deben regresar a su interesante e indispensable chamba y el Caminante continúa circulando. Demasiada Pata de perro por este día.



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