13 mayo, 2026

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Andábamos descalzos

CRÓNICAS DE LA CALLE
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Cuando se desgaste la suela del zapato comenzará a desgastarse la planta del pie. Ya en contacto con el suelo encontrarás las piedras. Pulsarás sus aristas puntiagudas como espinas que se encajan una y otra vez hasta que pasados los años comiences a acostumbrarte al umbral de ese dolor. De niño.
Seguirá luego un engrosamiento de la piel del pie, pues no es como la suela, no es una piel muerta, entonces el mecanismo natural de defensa comenzará a hacer su trabajo y doblará el cuero húmedo, casi seco de la planta. Hará pliegues con tal de soportar el intenso calor, el agua, la humedad, las quemaduras y las picaduras de clavos.
De esa manera el pié descalzo, la pata de elefante, más gruesa, más ancha no hallará zapatos. Pero así jugará futbol en el llano y sacará de la raya un balón que ya era gol.
El camino es largo y circular. Nunca temas, si alguien te pregunta a dónde vas, podrás responderte a ti mismo, voy a verme de nuevo, como quien ve salir el sol. Voy a los aparadores del centro de la ciudad.
De tanto caminar encuentras calles, amaneceres, soles divergentes, tardes de lluvia, montes, cultivos enormes, agua, sueños, aullidos de lobos acechando en las praderas, prostitutas de un hotel viejísimo y murciélagos nocturnos, locos, falsos profetas, redimidos apóstoles.
Al oriente se conflagra el fuego y el sol saca triunfante su intenso uniforme amarillo.
Durante el suelo hay texturas nunca imaginadas. Resquicios de sombra anhelada, pedazos de hule, sensaciones de frío seco, hojarasca crujiente para los dedos, como cuando pisas al ritmo de lo oscuro de una catedral. La ciudad se extendió al norte como un gran dique roto sobre los asombrados rostros. Nosotros fuimos los niños descalzos.
Caminas y otros corren, pero tú no te detienes en los recreos. Al rato olvidas que otros te alcanzan, que otros se han quedado en el camino, que otros ya son camino, que tú mismo eres un perseguidor y perseguido sin zapatos. Olvidas el olor de los zapatos.
¿A dónde vas?, vuelven a preguntar y nadie sabe. Y no sé. Ya nadie pregunta, ya nadie nada. La calle es insoportable a veces para cruzarla, el que pasa es lo único que habita. Es mejor el cielo abierto para aguantar corriendo subir la loma, ya no digamos la sierra y regresar con vida, latiendo. Ya más grande y con zapatos.
Faltará el alimento en tu boca, eso nunca lo sabes. Por la noche pensarás en muchas cosas cuando duermas en la soledad con que se somete uno a las putrefacciones del sueño jamás imaginado. Pero sueñas que comes en la mesa del señor y despiertas a cada vaso de agua.
A la altura del cielo deliberan sus inquietudes algunas hormigas argüenderas y caminan titubeantes a donde nadie las espera. Son ellas. Regresaron después de tu infancia y vienen a cobrar venganza.
No te portaste bien, no te lo dicté bien y alguien te vio por la ventana. Estabas viendo abejas en la flor de un plátano, veías rodar las lágrimas de sus hojas. Te reprobaron en cuarto. Anduviste mucho tiempo descalzo y por lo tanto mataste muchas hormigas.
La espinas cuando se encajan conservan la imagen en el filo sin punta, el vidrio se encaja a tales horas del día cuando no ves nada. Todos se fueron y el viaje del dolor es del pie a la nada, del cerebro al llano que aprieta la herida y en tres minutos deja de sangrar. Lo aprendiste de chico. Regresabas a pie y descalzo a casa, de eso nadie se acuerda. Te cortaste con un vidrio algunas veces.
Con el tiempo el viento vuelve más objetivos los huesos de la cara. El manotazo del aire esculpe tu morada de carne. El pelo va y cae sobre los hombros, ondea como bandera negra. El tiempo que pasó pasa, es el mismo.
La cuenca de los ojos contiene todavía los globos inquietos que continúan mirando el fondo de la calle, el final del túnel. Pero vas por otra parte, tus ojos sólo obedecen a tu suerte que se desprende en cada esquina y vuelve a perderse.
La camisa se desgarra lentamente. Se hace primero un agujero de gusano, por donde sale el alma. Luego se seca suficiente y se moja para podrirse como todo lo que a la par se pudre, como los intestinos, las oquedades de aire que buscan salida luego de inflarse.
Algo pasó que sigues caminando sin detenerte, ya era tiempo de encontrar la estación prudente. La que siempre quisiste por su comodidad de asientos, por el dolor del extraído, del mismo exilio del cuerpo.
Si el mundo es redondo, ya te hubieras encontrado a ti mismo. Pero no te buscabas, sólo querías saber algo en todo este viaje que tú mismo inventaste.
Acá la noche cada vez es más larga que los días, cada vez hay menos noche, oscurece de nuevo y se cierran los ojos.
Tienes sed de algo, de nada tienes sed, de nada tienes ganas, no es un placer, pero es algo distinto el ir perdiendo el comedimiento, las ganas de estar, de pertenecer.
Sobre un pedazo de hebra de la pequeña mortaja, se escribió el destino. Pero ahora continúa caminando.
Todos pasaron, eres el último de la fiesta, pero como si fueras el primero, nadie te ha visto llegar descalzo.

HASTA PRONTO

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