Es cuando pasas por ahí, repegado a sus enormes paredes, que todavía sientes el respirar de aquellos tiempos. El resuello metido al cerebro de la ciudad en este edificio emblemático.
El edificio de la antigua escuela industrial en ciudad Victoria tiene el misterio y la magia que el tiempo pregona. Hoy convertida en oficinas del DIF municipal, se mantiene de píe aunque sin la algarabía de otros tiempos ni la correría de muchachos yendo y viviendo por los patios.
En 1928 cuando se concluyó esta escuela. Debió ser inmensa. Abarcaba cuatro manzanas de las últimas cuadras sanas y sin monte de la ciudad en aquellos fabulosos 20s. Ahí llegaban chamacos hasta de 16 años, tal vez más grandes. Se graduaban en oficios como carpintería, fundición, soldadura y forja, mecánica automotriz y taquimecanografía.
La disciplina era militar con sus uniformes caqui y su boina roja, al marchar daban ese momento mágico de melancolía marcial.
El conjunto arquitectónico del inmueble es clásico y un poco del neoclásico del siglo XIX, de los jardines que prevalecen en un pequeño corredor, al vestíbulo o tapanco con prendas de la arquitectura griega.
Durante el periodo en el cual este edifico fue escuela, la dirección había estado ubicada al suroeste del edificio, junto a una cancha de basquetbol. Por ahí entraban los padres por las tardes a recibir una queja del director Profr. Jesús Ramírez, entre otros, tratando asuntos de los hijos.
Hay galerones que fueron talleres durante la guerra de avionazos de parte de los chiquillos. Fue en los días, como escuela secundaria, cuando el edificio adquirió su mayor prosapia.
Había gente mayor de edad allá por los 60, de 18 y 20 años. La escuela soportaba una excelente banda de guerra. Sus logros deportivos se multiplicaron, valores de los muchachos que deseaban destacar desde un barrio muy bajo.
Para muchos padres, por años esta escuela fue una alternativa viable dadas la disciplina a que eran sometidos sus estudiantes. Cosa rara era que los dejaran traer el pelo largo. A esta escuela, ya como secundaria, le hicieron usar primero el pantalón guindo, luego fue caqui con camisa blanca y luego era pantalón y camisa caqui.
Jóvenes provenientes de la Horacio Terán, la Pedro Sosa, de la Nacozari, llegaban a pie más temprano que otros. Había alumnos de la colonia Mainero y de la Obrera, del barrio del «Pitayal». A ellos les tocó ver el mundial en uno de los galerones del taller de moldeo.
Una vez que timbraban, los chiquillos jovenzuelos corrían a los grandes bebederos a llegar primero y espiar a las demás chiquillas. Había talleres de electrónica y electricidad y de taquimecanografía.
Un recorrido por los camellones centrales que se extienden en amplias explanadas te llevan en esos enormes barcos que son las naves así dispuestas. Del plan de ataque al naufragio del tiempo.
Por el centro, domina el regio edificio de la dirección de cuatro extremidades, con su vestíbulo o templete rectangular de corte italiano, es clásico mojado en el mediterráneo.
Más al norte enfrentas al edificio de 4 plantas, construido luego de la segunda guerra, típico de la arquitectura alemana. Muy semejante con todas las reflexiones del caso al edificio “Baushaus”, cuya caraterística predominó durante el racionalismo alemán. Estos edificios surgieron en la reconstrucción de Europa. Cabían ocho grupos en hilera y en medio sobresalía la escalera metida en un caracol. En la primera planta se asentaban los baños, que efectivamente tenían regaderas.
Los talleres eran amplios galerones a dos aguas. Adentro se originaban verdaderos Nostradamus de la inteligencia, seres que sacaban un hacha de un pedazo de fierro, niños muy pobres que vendían figuras de aluminio.|
Lo que estas paredes nos recordaron, ahora que nos alejamos, es que al fondo había un campo de futbol. Antes de eso una gran ceiba te agarraba a pedradas en el otoño y sus semillas que abrían como dientes de león, llenaban de espuma blanca el entorno.
Traigo aquel tiempo sin computadoras, ni siquiera había grabadoras. Un maestro hizo una bola de muchachos en el taller de taquimecanografía porque llevó un toca cinta con dos enormes carretes. Y se escuchó. He guardado la historia de esos muros en mi mente, como si fuese una cinta, un carrete con música.
HASTA PRONTO




