En 23 años de vida democrática no se había presentado una elección presidencial con las mismas características de la actual.
Es la primera elección de partido tras la caída del octogenario jurásico priista y la docena trágica del PAN en el poder.
El escenario no tiene las características de las elecciones de Estado que llevaba a cabo el tricolor durante las últimas cinco décadas del siglo XX, pero los riesgos si pueden ser los mismos, tantos que podrían alterar y pervertir la vida democrática del país.
El dominio de Morena en la vida política nacional se debe principalmente al descrédito por el que ha pasado la imagen de los partidos políticos de oposición.
El PRI por su pasado como partido hegemónico, por sus liderazgos charros, los numerosos escándalos de corrupción de sus nuevos cuadros, y el PAN por el desastre y el baño de sangre en el que terminó la esperanza de la alternancia con el gobierno de Felipe Calderón. La fuerza de Movimiento de Regeneración Nacional se sostiene con la imagen de Andrés Manuel López Obrador como su fundador, organizador y líder social.
El ascenso del partido como fuerza política se debe al crecimiento en la imagen del tabasqueño, por su viejo y persistente discurso antisistémico y por la caída estrepitosa de los partidos tradicionales que por su descrédito dejaron de ser una opción para el ciudadano de a pie.
Los espacios ganados por Morena durante todo el gobierno de AMLO son principalmente producto de la inercia natural que mantiene entre el electorado, en contraste con el descrédito que padecen el PRI, el PAN y el PRD, y los bandazos de MC que no acaba de cuajar como una alternativa respetable.
En los números Morena ha llegado a la cúspide del poder politico con su triunfo en Edomex. El partido de AMLO gobierna a poco más del 80 por ciento de los mexicanos, probablemente y contando…
Pero el partido ha llegando a un momento crucial de una historia aún reciente pero con repercusiones directas en el control del territorio nacional.
La falta de organización y de capacidad de liderazgo entre las pocas figuras de oposición en el país, dejaron espacios que ha llenado por completo Morena, y el actual proceso de sucesión presidencial se resolverá prácticamente entre las “corcholatas” del lopezobradorismo.
Lo demás será de mero trámite. En los últimos meses la atención de la opinión pública se ha enfocado en ‘candidateables’ de Morena como la gobernadora de CDMX, Claudia Sheimbaum, el ex secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard Casaubón; el secretario de Gobernación, Adán Augusto López, y el presidente del senado Ricardo Monreal.
Las fricciones entre los pre candidatos iniciaron con el reclamo de Marcelo Ebrard que demanda ‘piso parejo’ para todos los aspirantes. Los cuestionamientos se centran principalmente en todo el aparato (pareciera ajeno a ella), que apoya a Claudia Sheimbaum mediante estructuras políticas cercanas a los centros y grupos de poder que algunos más, otros menos, son identificados con la operación política de antaño del priismo jurásico.
Adán Augusto y Ricardo Monreal no han dado declaraciones contundentes al respecto, en un proceso que pareciera ya reducido a Claudia y a Marcelo.
El ex canciller insiste en evitar regresar al pasado y no llevar a cabo un proceso electoral de ‘dedazo’, reclamo que respalda el presidente Andrés Manuel López Obrador pese a su insistencia de mantenerse al margen de todo el proceso y de la vida partidista de Morena.
El proceso de selección de candidatos, ante la pobreza de cuadros en la oposición, demostrará la salud democrática del país.
Pero si la red de intereses y los compromisos se imponen a los resultados de las encuestas, y si el partido se transforma de un feudo de aliados a los liderazgos obsoletos, oserá el lamentable desenlace.
Hasta el momento Morena se mantiene sólo como un partido dominante, producto de su fuerza entre el electorado.
Pero el regreso de grupos acostumbrados a las malas prácticas del pasado, aprovechando los programas sociales que en un mal uso se pueden utilizar para una relación clientelar, es un proceso de descomposición que se empieza a notar.
Durante el gobierno de López Obrador las fricciones con los organismos electorales y de acceso a la información se dieron por la incondicionalidad de sus titulares con figuras del pasado.
Pero el próximo gobernante no es AMLO, y ninguno de sus posibles sucesores tienen registrados en su historial antecedentes tan remotos y congruentes como la lucha democrática que llevó por décadas el presidente.
Así las cosas, la consolidación de un sistema autoritario y corporativista se asomaría a la vuelta de la esquina para mermar todo el avance democrático producto de la voluntad ciudadana…y de años de lucha por la democracia.




