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Expreso-La Razón
El Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo enfrentan una prueba de supervivencia ante una reforma electoral que podría terminar de desnudar su fragilidad.
Porque en la política tamaulipeca hay una constante que se repite con puntualidad en cada ciclo electoral: ambos partidos aparecen en las boletas, obtienen un resultado marginal, y regresan a la penumbra hasta el siguiente proceso.
Más de treinta años de historia local los preceden, y en todo ese tiempo no han conseguido un solo triunfo que pueda atribuirse a su propia fuerza.
Su existencia política, lejos de ser producto de un proyecto ideológico sólido o de una base ciudadana consolidada, ha dependido enteramente de las alianzas que han tejido.
Los datos del Instituto Electoral de Tamaulipas (IETAM) confirman su irrelevancia,
En la elección de gobernador de 1998, el PT obtuvo 11 mil 182 votos, equivalentes al 1.24% de la votación total. El Verde, con su candidata Nelly López Vera, apenas reunió 2 mil 719 sufragios: el 0.30% del total. Un arranque testimonial que, lejos de mejorar con el tiempo, se convirtió en el patrón de conducta de ambas organizaciones.
En la elección intermedia de 2001, el PT subió modestamente a 21 mil 693 votos (2.27%) y el Verde a 6 mil 170 (0.64%). En la gubernatura de 2004, el PT se quedó en 16 mil 208 votos, el 1.50% del padrón. En ese mismo año, en la elección de alcaldías, el Verde obtuvo 3 mil 474 votos por sí solo —apenas el 0.33%— aunque llegó a cinco alcaldías y 17 diputaciones locales, pero en alianza con el PRI: no gracias a sus propios méritos, sino a la maquinaria priista que lo cargó.
El ciclo se repitió en 2007: el PT con 21 mil 592 votos (1.90%) y el Verde con 11 mil 118 (apenas el 0.09% de la votación). En 2010, el Verde ni siquiera intentó competir solo y nuevamente se refugió en la alianza con el PRI. En 2013: PT con 19 mil 880 votos (1.63%), Verde con 8 mil 702 (0.71%). En 2016, ambos partidos tocaron fondo al mismo tiempo: el PT registró su peor resultado histórico con 8 mil 281 votos (0.57%) y el Verde apenas rebasó esa cifra con 8 mil 850 (0.61%).
La marea cambió, apenas y de forma incipiente, cuando ambos encontraron un nuevo paraguas. En 2019, el PT obtuvo 17 mil 109 votos (1.79%) y el Verde 15 mil 759 (1.30%). En 2021, alineados ya con Morena y empujados por el viento lopezobradoristaen su punto más alto, el PT escaló a 42 mil 024 votos (2.92%) y el Verde a 37 mil 527 (2.61%).
En 2022, ganaron la elección de gobernador en coalición con Morena, sin que eso significara ningún gobernador, ningún proyecto, ninguna agenda propia.
Por el contrario, hoy el Partido Verde está muy lejos de la armonía con el partido en el poder.
En 2024, el PT llegó a 53 mil 024 votos (3.32%) y el Verde a 89 mil 336 (5.59%), su mejor resultado histórico en el estado.
Pero incluso esas cifras, las más altas de su trayectoria tamaulipeca, son inseparables del efecto Sheinbaum y del arrastre de la marca Morena en la boleta.
Una franquicia, no un partido
El Partido Verde no es, en sentido estricto, una organización política. Es, como lo ha demostrado su historia, una franquicia. Un instrumento que pasa de mano en mano según las conveniencias del momento, sin estructura interna que delibere, sin militancia que decida, sin ideología que cohesione. La ecología, que dio nombre al partido, ha sido desde el principio poco más que un membrete útil.
Su origen tiene raíces tamaulipecas. Jorge González Torres, fundador y “propietario” histórico del Verde, estuvo casado con Letizia Martínez Cárdenas, hija del ex gobernador tamaulipeco, Emilio Martínez Manautou.
La familia González tiene su cuna en Tampico, donde fundaron las Farmacias El Fénix, que con el tiempo se convertirían en una cadena de alcance nacional. El partido, en sus orígenes, tenía tanto de movimiento ecologista como de negocio familiar.
Fue Jorge Emilio González Martínez, conocido popularmente como El Niño Verde —y quien es nieto de Emilio Martínez Manautou—, quien operó directamente los destinos del partido durante sus años de mayor visibilidad nacional, incluyendo sus escándalos y sus alianzas oportunistas con prácticamente todo el espectro político mexicano.
El Verde ha sido aliado del PAN, del PRI y de Morena, sin que ningún viraje ideológico lo explique. La única lógica ha sido siempre la misma: ir con quien gana.
En Tamaulipas, la franquicia tuvo su propio operador durante años. A finales de los noventa y durante la primera década del 2000, el partido estuvo bajo control del grupo encabezado por Jesús González Macías, quien desde esa posición accedió a diversas posiciones en la estructura federal aprovechando la alianza incondicional del Verde con el PRI.
En ese entorno operó también Patricio King López, con quien González Macías compartió la dirigencia en varias etapas, hasta que en 2019 el partido cambió de manos una vez más. Asumió Ricardo Gaviño Cárdenas, cuyo paso fue breve y sin mayor huella, y en 2021 tomó la coordinación el exPriísta Manuel Muñoz Cano.
En ninguna de estas etapas —la González Macías, la Gaviño, la Muñoz Cano— el partido Verde puede presumir de haber mejorado sus resultados por méritos propios o de haber construido una estructura política real en Tamaulipas.
El Verde como refugio de inconformes
Bajo la dirigencia de Manuel Muñoz Cano, el partido ha adquirido un perfil peculiar: el de guarida para morenistas inconformes. En los últimos meses se han acercado a su estructura figuras como Maki Ortiz y su hijo, el alcalde de Reynosa Carlos Peña Ortiz, el senador José Ramón Gómez Leal, y los diputados Carlos Canturosas, Mario López y Adrián Oseguera. También el exgobernador Eugenio Hernández y el alcalde de Victoria, Eduardo Gattás. El denominador común de estos acercamientos no es una afinidad ideológica con el ecologismo ni una convicción política compartida: es el descontento con Morena y la búsqueda de un instrumento electoral alternativo de cara a 2027.
Con ese arsenal de figuras, Muñoz Cano ha alimentado la narrativa de que el Verde podría romper la alianza con Morena y competir de forma independiente en algunos municipios.
Es una amenaza que, leída a la luz de los datos históricos del IETAM, resulta difícil de tomar en serio.
El episodio más ilustrativo de la fragilidad interna del partido bajo esta dirigencia ocurrió en el Congreso local, donde las diputadas que ostentaban la sigla del Verde —aunque en realidad provenían de las filas de Morena— terminaron por renunciar a la bancada, dejando al partido sin representación en el Legislativo tamaulipeco.
El caso más sonado fue el de la diputada Katalyna Méndez, quien presentó una denuncia contra el propio Muñoz Cano por violencia política de género, cargo que el IETAM reconoció como fundado.
El PT: el mismo modelo, otro apellido
La historia del Partido del Trabajo en Tamaulipas reproduce, con ligeras variaciones, el mismo esquema. Décadas de resultados electorales irrelevantes, ninguna alcaldía conquistada en solitario, ninguna candidatura propia que haya sacudido el tablero político del estado.
Como el Verde, el PT ha sido manejado como una empresa cerrada, operada desde hace más de tres décadas por un puñado de figuras que han encontrado en la representación proporcional el mecanismo perfecto para mantenerse vigentes sin necesidad de ganar nada.
Alejandro Ceniceros Martínez es la figura central y fundadora del PT tamaulipeco. Ha mantenido el liderazgo del partido por más de treinta años y ha integrado diversas legislaturas del Congreso local como diputado por representación proporcional, entre ellas la LIX y la LXI. Arcenio Ortega Lozano es la otra cara del partido, con un recorrido similar en posiciones de liderazgo y sin victorias electorales propias que respalden su permanencia en la vida pública. Dos figuras que han sabido convertir la administración de un partido pequeño en una fuente estable de acceso al poder formal, sin pasar jamás por el filtro real de la competencia electoral directa.
El contexto en que ambos partidos transitan hacia 2027 es el más complejo de su historia reciente. La presidenta Claudia Sheinbaum ha presentado una propuesta de reforma electoral que ha generado tensión en el seno de las organizaciones satélite que han acompañado a Morena en sus victorias. El Verde y el PT han recibido mal la iniciativa, lo que ha profundizado el distanciamiento entre estas organizaciones y el partido gobernante.
Para el Verde y el PT, cualquier modificación a las reglas del financiamiento, los umbrales de votación o los mecanismos de representación proporcional representa una amenaza existencial. Su supervivencia no descansa en votos reales ni en estructuras ciudadanas: descansa en los beneficios que les otorga el sistema de partidos tal como está diseñado. Un cambio en esas reglas podría hacer lo que treinta años de elecciones no lograron: volverlos prescindibles también en el papel.
La ironía es evidente. Dos partidos que no han ganado nada por sí solos en más de tres décadas en Tamaulipas se permiten el lujo de tensionar su relación con el partido más poderoso del país. El Verde amenaza con romper la alianza y competir solo. El PT observa. Ambos apuestan a que su peso como operadores electorales los hace necesarios.
Los números de los resultados electorales sugieren otra cosa.




