2 mayo, 2026

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Conflicto en Medio Oriente; crisis mundial en expansión

Faljoritmo /Jorge Faljo
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Vista desde lejos podríamos creer que la situación en Medio Oriente se encuentra en el limbo, sin guerra ni paz, en mero estancamiento. No es así. Aunque sin ataques abiertos entre Estados Unidos e Irán lo que existe no es inmovilidad porque a su alrededor la situación mundial cambia rápidamente. Para la mala fortuna de los que no son parte activa del conflicto, la situación evoluciona hacia el desastre generalizado. Cada día que pasa, los efectos se acumulan y se expanden, alcanzando a millones de personas que viven a miles de kilómetros de distancia.

En el centro de esta dinámica se encuentra una de las rutas más estratégicas del mundo: el estrecho de Ormuz. Por el transita una proporción significativa del petróleo global, así como de los fertilizantes, helio, aluminio y otros insumos esenciales a la producción agrícola e industrial. Por otra parte entran alimentos y bienes esenciales para los países de la zona. Su disrupción ha desencadenado efectos en cascada que ya se sienten en la vida cotidiana de millones de personas.

El impacto más severo ocurre en países que ya se encontraban en situación crítica. La crisis empuja a decenas de millones de personas adicionales hacia la inseguridad alimentaria, sumándose a más de 300 millones que ya vivían en esa condición.

En los hospitales del África subsahariana, por ejemplo de Nigeria y Etiopia, se apagan secciones completas de hospitales para ahorrar combustible. Generadores que funcionaban continuamente ahora se utilizan de forma selectiva, obligando a priorizar qué áreas pueden seguir operando y que pacientes pueden seguir siendo atendidos.

En Yemen, los precios de los alimentos han aumentado hasta en 30%, mientras que el costo de transporte ha subido alrededor de 20%. En Somalia, el precio de medicamentos esenciales se ha triplicado y los alimentos básicos han aumentado cerca de 20%. En Myanmar, una canasta básica ha subido aproximadamente 19%.

Las rutas logísticas también se han transformado. El transporte de alimentos hacia Afganistán ahora implica recorridos miles de kilómetros más largos, con retrasos de semanas. Para un niño con desnutrición, ese tiempo puede ser decisivo. En Bangladesh se requieren hasta cinco horas semanales en filas para conseguir combustible, reduciendo su capacidad de trabajo en comunidades vulnerables.

Además, cerca del 35% del comercio mundial de fertilizantes depende de rutas asociadas al Golfo Pérsico. Esto compromete las próximas cosechas en países como Sudán, Pakistán o Camboya, prolongando la crisis.

El impacto también alcanza a economías avanzadas. El encarecimiento del petróleo se traduce en combustibles más caros, aumento en costos de transporte y presión inflacionaria. En Europa y Estados Unidos, esto se refleja en alimentos más caros y pérdida de poder adquisitivo. El desvío de rutas comerciales incrementa los costos logísticos y provoca retrasos en las cadenas de suministro. En varias ciudades europeas se han registrado protestas por el costo de vida, mostrando que el impacto energético se empieza a trasladar al terreno social… y al político.

Muchos gobiernos comienzan a tomar medidas para enfrentar la situación. En Corea del Sur, se han limitado los días de uso del automóvil y se promueve el transporte público. En Europa, se impulsan campañas de ahorro energético. Grandes empresas y administraciones transitan hacia el trabajo a distancia para reducir el consumo de combustible.

Los impactos del conflicto adquieren una dimensión que ya no se puede ignorar incluso a la distancia. Sin llegar a la condición extrema de hambre el incremento substancial en el precio de los alimentos básicos y el transporte afecta sobre todo a África, Asia y Medio Oriente. Pero amenaza expandirse.

En las economías industrializadas, el fenómeno no es menos significativo: el encarecimiento de la energía y de los alimentos impacta, directa o indirectamente, a cientos de millones de consumidores en Estados Unidos, la Unión Europea y otras economías avanzadas. Se erosiona el ingreso real y se reactivan tensiones inflacionarias. En estos países, prácticamente toda la población se ve afectada por el aumento del costo de vida, aunque de manera desigual.

Medidas de ajuste silencioso, como las restricciones al uso del automóvil en Corea del Sur, las campañas de ahorro energético en Europa o la reintroducción parcial del trabajo a distancia implican cambios en la vida cotidiana de decenas, si no cientos de millones de personas adicionales, aun cuando no siempre se perciban como parte directa del conflicto.

El impacto de la guerra ya no puede entenderse como regional ni siquiera sectorial. Se trata de un fenómeno global que se expande como las ondas en un estanque tras arrojar una piedra: comienza en un punto aparentemente acotado, pero se amplifica con rapidez hasta cubrir toda la superficie. La diferencia es que, en este caso, el estanque es la economía mundial, y las ondas —energía, alimentos, transporte— terminan alcanzando, más temprano que tarde, a prácticamente todos.

Hay quienes empiezan a sentir las ondas de choque sin identificar todavía su origen. El aumento paulatino en el costo de algunos bienes, los retrasos en entregas o ciertas tensiones en mercados específicos aparecen como fenómenos aislados, desconectados entre sí. En otros casos, el impacto no se siente del todo, en buena medida porque los gobiernos han optado por amortiguarlo.

En México, por ejemplo, el efecto inmediato sobre los consumidores se ha contenido mediante ajustes fiscales que han permitido mantener relativamente estables los precios de la gasolina y el diésel, evitando un traslado directo del encarecimiento internacional hacia el consumidor final.

Sin embargo, este “acolchonamiento” —basado en la idea de que el choque será transitorio y que pronto se restablecerán las condiciones previas— puede convertirse en una apuesta riesgosa. Aun en el escenario de una eventual normalización de las rutas comerciales, el mundo no regresará a la situación anterior al 28 de febrero.
Más aún, al contener artificialmente los precios energéticos a costa del presupuesto público, se corre el riesgo de posponer decisiones más estructurales: la adopción de medidas de ahorro de combustible —como el trabajo a distancia, esquemas de racionamiento o la limitación del uso de vehículos— y, sobre todo, no se prioriza el impulso al auto abasto del consumo y de los insumos estratégicos. De no hacerlo, lo que hoy parece una onda de choque manejable podría escalar hacia un fenómeno de mayor magnitud, un verdadero “tsunami” económico y social si las causas de fondo no se resuelven.

Esta crisis no es solo geopolítica. Es profundamente humana. Y sus efectos, lejos de estabilizarse, continúan expandiéndose cada día. Prepararnos ya no es una opción: es una necesidad.

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