Al momento de hablar de la privacidad y datos personales, surge la inevitable pregunta ¿dejamos de ser dueños de nuestra información una vez que la entregamos a las empresas?, la respuesta es sencilla nosotros somos los dueños de nuestros datos siempre, tenemos nuestros derechos sobre estos, así como la capacidad de tomar la decisión de compartirlos. Sin embargo, en la niñez esta situación es diferente pues los padres son quienes toman esa decisión, desconocen que dejan una huella digital difícil de borrar en el mundo online.
La huella digital es el rastro de información que dejamos en internet, los menores pueden comenzar a construirla desde que nacen cuando los padres comparten fotografías, videos, ubicación del hospital donde nació, el parque donde habitualmente van a jugar, fotos del domicilio, el nombre o imágenes portando el uniforme escolar, cuando toda esa información acumulada empieza a perfilar a una persona se transforma en identidad digital. Dos conceptos que en el caso de los adultos decidimos construir nosotros mismos, pero que en la infancia alguien más lo está trazando, línea a línea, publicación tras publicación. A esta práctica se le llama sharenting, es un término que combina las palabras en inglés share (compartir) + parenting (crianza), describe el hábito de publicar constantemente en redes sociales los datos personales de los hijos o hijas.
Pero detrás de esa publicación puede vulnerarse el derecho a la privacidad, no porque los padres tengan la intención de hacerlo, sino porque el mundo digital funciona de una manera que no siempre vemos, antes de compartir deberíamos reflexionar ¿Vale la pena crear huella digital a tan temprana edad?, ¿Qué tan privado es nuestro perfil en las redes sociales donde publicamos?, ¿Sabemos realmente hasta dónde puede llegar una foto que publicamos?, todo ello en el entendido de que internet no olvida.
En el mundo digital, los riesgos son reales, entre ellos se encuentran el uso de la IA para crear contenido falso de carácter sexual o íntimo, según un estudio de UNICEF, ECPAT e INTERPOL donde señalaron que “al menos 1,2 millones de niños y niñas revelaron haberse visto afectados en el último año por la manipulación de sus imágenes mediante deepfakes con contenido sexual explícito..”, una foto o video compartido en redes sociales puede llegar a manos de personas desconocidas que la descargan, la redistribuyen o la utilizan con fines ilícitos. Lo que para nosotros el compartir imágenes puede ser un recuerdo muy bonito, para alguien más puede convertirse en material de ciberacoso o suplantación de identidad.
La dignidad del menor de edad también debe protegerse en el mundo digital, mientras no pueda hacer ejercicio de sus derechos ni tomar decisiones por cuenta propia, su privacidad debe ser resguardada por el simple hecho de ser un derecho fundamental que protege la esfera más íntima de la persona, ese espacio donde se construye la identidad. Por eso respetarlo no es opcional, es una obligación que comienza mucho antes de dar click en publicar.
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