2 mayo, 2026

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En busca del niño que fuimos 

CRÓNICAS DE LA CALLE / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA
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Ayer fue día del niño, mas todos los días son días del niño. Estás muy tranquilo y de repente no se sabe cuándo ni cómo aparece un niño, una vocesita que lo cambia todo. Por el momento se desconoce si es uno o son muchos. 

En alguna parte de este almacén está el niño que fui. Veo a muchos niños igual que yo ya grandes y barbados, pulsando la nostalgia, un recuerdo, un deseo frustrado, en busca del tiempo perdido y nunca más recuperado.

Pero el niño es una paleta de dulce, un gancito marinera, una hoja en blanco con un garabato indescriptible, una montaña de juguetes, un ejército de soldados de dulce armado hasta los dientes, un helado de fresa con la verdad absoluta. Cuando hay uno de esos pequeños gigantes corriendo en casa todo el mundo se da cuenta pues la casa suele estar de cabeza, el mundo nuestro que en realidad está en sus manos tampoco protesta.

Un niño también es un gorro con orejas de conejo para el frío, el que menos le gusta, es el chongo apretado de la niña con la gran trenza de media hora, y no falta la falda bien planchada para la chamaca que recién entró a la primaria y desea lucir impecable. 

Aunque en este instante el mundo les pertenece ellos no saben que lo que hagan o dejen de hacer, lo que les hagan o no, tendrá desarrollo en su madurez. Un niño que crece con amor, en igual proporción será un adulto bondadoso y lleno de amor, con el agregado cultural de lo que le va indicando la colectividad. 

Un juguete es un artefacto de inofensiva guerra que cruza el espacio de la sala, revota en la recámara y concluye abajo de la cama con todas las consecuencias. Entonces el niño se oculta bajo una sábana en cualquier sábado y se aprende a no saber en donde está hasta que él se descubre riendo con dos incipientes dientes de leche que después ofrecerá a los ratones a cambio de un regalo.

Para esto todos recordamos la chancla del llamado urgente de mamá cuando nos llaman a comer, la travesía del patio en una correteada producto de incomprendida travesura finalmente perdonada. 

Todo adulto lleva un niño por dentro, pero no nos engaña, no es el mismo pues esta tan grande que corre el riesgo de hacer el ridículo y lo hace delante de toda raza. De todas formas en las fiestas infantiles ha de recoger el papel de llevar el pastel y tomar el cordel de donde pende una piñata y no hay vuelta de hoja. Frente a un niño a los papás no les queda de otra más que ser muy obedientes. 

Cuando hay un niño, no digas dos, la casa y el tiempo les pertenece, ellos no se están adaptando, juegan a la vida y en verdad la están viviendo. El adulto es el que se adapta a ellos. Cuando un adulto cae al suelo participa en todo un show, acaso un espectáculo que entra a los recuerdos. Un niño cae mil veces y de tantas veces se deja caer otras mil veces, es un perseguidor de alimañas, un explorador de los rincones largamente ignorados. 

Es extraño a todos el comportamiento infantil, cada niño es completamente distinto. Le regalas un carrito de control remoto y termina jugando con un pedazo de madera con el cual elabora un cuatro por cuatro y un camión de volteo lleno de tierra. 

En la niñez tanto niños con carros, como las niñas con muñecas, hacen millones de cosas, y cientos de travesuras tranquilas y otras bastante gruesas que de adulto han de olvidar según la conveniencia. 

Ayer fue día del niño y hoy no lo es, en lo que aparece uno de ellos sonriente de la mano de uno de los progenitores, va marcando el paso, pisando charcos, jugando a ser grande, pateando una pelota, tirando piedras a un monstruo invencible que es derrotado por la realidad de los hermanos mayores. 

HASTA PRONTO 

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