Esta es una historia como la de millones de niños en todo el mundo. Empecé a jugar fútbol cuando tenía diez años, en el parque poníamos dos piedras o dos ladrillos, contábamos ocho pasos entre una y otra y del otro lado de lo que considerábamos la cancha hacíamos lo mismo, nos dividíamos en grupos iguales de acuerdo con los que estuvieran presentes y jugábamos con una pelota vieja que a veces era de plástico y otras veces de cuero, festejábamos cada gol como si hubiéramos anotado en la portería del Estadio Maracaná o el de Wembley, o el Olímpico de la UNAM, el Azteca todavía no se construía, jugábamos hasta que acabamos cansados y era cuando se terminaba el encuentro.
Cuando entramos a la adolescencia, en el centro de la Colonia El Centinela de la Ciudad de México que era en donde vivía con mis papás y mis hermanos, en donde había un terreno de grandes dimensiones pintábamos con cal una cancha de fútbol de medidas reglamentarias, colocamos unas porterías de madera y empezamos a jugar de manera más o menos organizada, sin uniformes pero siguiendo las reglas. Mi mamá se enojaba conmigo por qué raspaba los zapatos del uniforme de la escuela y para qué no lo volviera a hacer me compró unos huaraches de correa con los que aprendí a jugar levantando los dedos para pegarle a la pelota con la suela de ese calzado originario.
Cuando agarramos suficiente valor nos inscribimos como el Club Deportivo Centinela en la Liga Regional del Sur que estaba en Coyoacán a una cuadra de la Plaza de la Conchita, nos aceptaron en la categoría Infantil Especial que hoy sería algo así como preadolescentes y adolescentes chicos, pagamos la cuota de inscripción, nos dieron nuestras credenciales, el rol de juegos y la dirección de los campos a dónde teníamos que ir a jugar los sábados o los domingos, la liga enviaba al arbitro, previo pago de sus honorarios, éramos casi el peor equipo de la competencia pero las ganas de jugar nunca se nos quitaron.
Después, los veteranos de aquellos juegos infantiles y adolescentes pasamos a la categoría de espectadores, a veces en algún juego en las gradas del Estadio Universitario y después en el Estadio Azteca y la mayor parte de las veces en el sofá o en las sillas del patio de la casa de algún amigo, hasta la fecha, comiendo botanas, carne asada e ingiriendo cervezas o alguna otra bebida. El gusto por el juego nunca se acabó.
Por eso resulta un poco incómodo que cada cuatro años, cuando se aproxima la inauguración de algún Mundial, es decir del Campeonato Mundial de Futbol, surgen los concienzudos análisis de quienes descubren el negocio multimillonario que representa el fútbol, se enteran de las cantidades absurdas de dinero que se gastan en la construcción de grandes estadios, en la compra y venta de franquicias y jugadores, y en el mercadeo a través de los medios y ahora de las redes sociales, pero los aficionados ya lo sabemos desde siempre y eso inclusive forma parte del atractivo para la mayor parte de esos 3,500 millones de aficionados al futbol que hay en el mundo de acuerdo con las mediciones de Nilsen, de Statista o de la propia FIFA.
A la inmensa mayoría de los espectadores les gusta saber de la vida espectacular, glamorosa y amorosa de los jugadores, forma parte del atractivo, millones de niños y adolescentes, generación tras generación, en todo el mundo, han fantaseado con anotar goles en las canchas de los estadios más famosos del mundo, sueñan con ser Pelé, Maradona, Messi, Ronaldinho, Cristiano Ronaldo, David Beckham, Hugo Sánchez, Luka Modric, Dmbelé, Mbapé, Neymar, Keylor Navas, sueñan con ser famosos y millonarios, festejan su propio gol con el más puro estilo de su héroe futbolístico, son felices en cualquier cancha de tierra, juegan con una pelota o una bola de papel o con una ficha de refresco, ponen una portería con dos latas vacías y ¡ya hay juego!
No hay deporte más popular en el mundo, por eso resulta frívola y pretenciosa la crítica que se dirige a algo que los analistas no entienden, le están ladrando al árbol equivocado, el futbol es la ilusión de millones de niños, adolescentes y adultos que verán el mundial en la tele con su camiseta de la selección, oficial o fake, bien puesta, quieren ver jugar y ganar a Chago Jiménez, al Machín Alvarez, a Hirving Lozano o a Orbelín Pineda, quieren ver a los mejores del mundo y soñar, cuando juegan en la cancha de tierra de su barrio, que juegan como ellos y que a lo mejor, algún día. Por eso y solo por eso… ¡Con el Futbol NO! Hay más arboles en el bosque.




