Estamos en 1982. Gruesas gotas de agua me está quitando el sueño. El techo es de lámina y llueve intensamente en esta parte del país. Afuera dos perros buscan refugio, los puedo imaginar, son perros del barrio, acostumbrados a esa clase de suerte. No puedo más que pensarlo así y compadecerme de ellos. Un poco, no mucho, a fuerza de ser sincero.
Aquí bajo resguardo confundo las ideas mientras elijo cual de ellas prefiero, hay algunas encajadas como agujas y más que nada quiero sacarlas. Trato de pensar en cosas bonitas para así caer en un profundo sueño como es debido para un ciudadano paga boleto.
Pero sigo despierto y con los ojos bien abiertos trato de ver en la oscuridad la espalda del ropero que divide la sala de donde estoy acostado, el péndulo de una canasta que se bambolea con el aire filtrado por las orillas del techo.
La cocina es un sitio inexplicable a esta hora y a veces de día. La ocupo poco pues casi siempre como afuera. Si clavo la mirada en algun sito y no pienso en nada a la imaginación le encanta hacerme una pasada y a veces lo hago por gusto, por soledad y creo ver fantasmas, pasé de no creer a verlos en realidad.
Aparecen en épocas de mayor soledad y no cuando tengo mascotas, ¡qué casualidad!, dirá usted, son puros alucines míos, yo decía al principio. Pues he tenido mascotas diversas y en ocasiones una pequeña fauna nocturna vagando por la estancia.
Gatos he tenido de todos los colores y ninguno de caché que digamos, ninguna de marca considerada por la sociedad propietaria de felinos. Han llegado solos y conforme a su condición fueron sus nombres. Las gatas, más domésticas y se quedan en casa, pero la llenan de gatos.
Tuve generaciones de gatos abuelos. Los gatos machos duran mientras se enamoran, se vuelven parranderos y se pierden por días pero un día regresan todos madreados hasta que escucho que gritan en la puerta: «Don Rigo… Don Rigo atropellaron a su gato», ojalá no sea el mio, salgo y ahí está el gato escuachalado con los ojos pelones y como si estuviera mirando. Voy y lo entierro en el patio. Las gatas mueren de viejas y por haber tenido cientos de gatos.
En un breve periodo sin gatos tuve un ratón orejón, de esos que no crecen, son niños hasta que fallecen o los aplasta el tiempo, los atrapar un gato. Cierta noche escuché el característico roer en el bote de basura- abierto siempre pues juego a la canasta con cáscaras de naranja en imaginarias olimpiadas- era Aristóteles, como lo llamé desde aquel día, un maestro de la filosofía para mi soledad turbia.
En principio el pequeño ratón huía, pero comencé a alimentarlo, evitándole el esfuerzo de trepar al cesto y buscar migajas, sepa que más comía. Le daba pan remojado con sardina, de esas portolas, lo que más le gustaba y se acercaba paulatinamente hasta que comía de la mano. Y si lo olvidaba me daba ligeros mordiscos en los dedos. Y yo lo regañaba. Era un moderado ratón pues no busgueaba por la cocina y yo pensaba que si lo corría sería devorado por un gato o acabaría aplastado bajo un zapato. Fue un día como este, lloviendo, pero haciendo frío que salí a buscarlo al notar su ausencia. Volví, se había ido la luz y cuando se hizo de nuevo la luz vi cómo la vida cumple toda la profesia: ahí estaba Aristóteles embarrado en el piso, seguramente lo aplastó mi preocupación por cuidarlo.
He tenido en casa también perros. Unos muy tranquilos y otros verdaderamente insoportables para los vecinos y para otros perros que tuvieron que mudar de barrio.
Ahora los recuerdo a todos. Mas cuando estoy más solo, y hay truenos y rayos que entran por todas las ventanas aparecen ellos: los fantasmas. Todo lo sé de cierto, antes les tuve miedo hoy si no están les hablo.
Los vecinos dicen que ya no lea tantos libros, ni al retrato de Dorian Grey. Pero ya lo leí. Ahora mismo leo a Edgar Alan Poe, y dispuesto a subir a una barca repleta de fantasmas.
HASTA PRONTO




