Rivelino para Jahir… Jahir para Pelé recibe el balón… espera… mira…
Sirve a Carlos Alberto que entra por la derecha.
—¡Carlos Alberto!… ¡Carlos Alberto!… ¡Gooooool!… ¡Gooooool do Brasil!… ¡Gooooool!…
Y encima del rugido del Estadio Azteca, las voces quebradas de los narradores brasileños:
—Que gol maravilhoso…
—Que beleza de futebol…
—Brasil campeão do mundo…
Así celebraron —más que narrar— el cuarto gol de Brasil en la final de México 70. Ganaban por tercera vez la Copa del Mundo y se quedaban para siempre con la Jules Rimet. Pero aquel Mundial terminó siendo mucho más que un torneo de futbol.
Fue una celebración humana.
México organizó el Mundial de 1970 y terminó organizando algo todavía más grande: una celebración colectiva de lo que somos: un pueblo alegre, hospitalario y solidario, capaz de enfrentar las dificultades sin perder la esperanza ni la capacidad de celebrar la vida.
Durante unas semanas, el país entero pareció ponerse de acuerdo en algo simple: recibir al mundo con alegría.
El mundial estuvo plagado de estrellas como Giacinto Facchetti, Gigi Riva, Gianni Rivera, Teófilo Cubillas, Hugo Sotil, Ladislao Mazurkiewicz, Ladislav Petráš, Gerd Müller, Franz Beckenbauer, Bobby Moore, Gordon Banks y, por supuesto, Jairzinho, Carlos Alberto, Tostão, Gerson, Rivelino y… O Rei Pelé.
Las calles se llenaron de banderas, música y sonrisas. La gente convivía con desconocidos como si fueran viejos amigos. Y mientras Europa veía el futbol como táctica y disciplina, Brasil llegó jugando como juegan los niños cuando todavía aman el balón: con libertad, imaginación y alegría.
Las sedes del Mundial se transformaron en centros de celebración. Guadalajara adoptó a Brasil como propio; en algunas tiendas del centro aparecieron letreros que decían: “Hoy no abrimos, vamos a ver a Pelé”. En la Ciudad de México, el Azteca rugía como si cada partido fuera una final. Puebla, León y Toluca se llenaron de turistas, mariachis, familias enteras y banderas ondeando al ritmo de una fiesta que parecía no terminar nunca.
Y en medio de aquella celebración apareció un equipo que parecía jugar no solamente para ganar, sino para hacer feliz a la gente.
El país terminó rindiéndose ante aquella selección brasileña.
Brasil no era solamente un equipo de futbol. Eran artistas, hechiceros del balón, sumos sacerdotes celebrando el rito alegre del futbol.
México también tuvo su momento de orgullo. Por primera vez en la historia de los mundiales avanzó como segundo lugar de grupo tras empatar sin goles con la Unión Soviética, derrotar cuatro a cero a El Salvador y vencer uno a cero a Bélgica. La selección nacional fue eliminada en Toluca por Italia, que a la sazón seria la subcampeona del mundo. El marcador fue doloroso, pero cuando José Luis “La Calaca” González anotó el primer gol mexicano al minuto 13 y adelantaba a Italia, el estadio explotó.
Miles de personas comenzaron a gritar:
“¡México! ¡México! ¡México!”
Fue algo que probablemente importo más que el resultado.
Un grito que terminaría repitiéndose en todos los estadios del Mundial.
No era un reclamo.
No era una consigna.
Era alegría, pertenencia y orgullo colectivo celebrados con esa palabra mágica que nos identifica:
“¡México! ¡México! ¡México!”
Hace algunos años escribí acerca de mi amigo Marcio. En 1974, siendo estudiante de marina estuvo en Brasil —años después se graduaría como Ingeniero Mecánico Naval e Ingeniero Geógrafo— recorrió Río de Janeiro y descubrió algo que nunca olvidaría.
Cada vez que alguien sabía que era mexicano, lo aplaudían.
—No pagué una sola cuenta de restaurante mientras estuve allí —me contó alguna vez—. Siempre había alguien que nos invitara.
La hospitalidad y el cariño que México sembró durante aquel Mundial dejaron una huella tan profunda en Brasil, que cuatro años después todavía había brasileños queriendo devolver el abrazo recibido de los mexicanos.
Por eso vale la pena recordar México 70.
No solamente por Pelé.
No solamente por el “gol perfecto”.
No solamente por la belleza de juego de aquel Brasil.
Sino porque nos recuerda algo que a veces parece olvidado: que este país también sabe reconocerse como una comunidad capaz de compartir alegría, orgullo y esperanza.
Entre tanto ruido cotidiano, vale la pena recordar que somos capaces de unirnos, y millones de personas, celebrar juntas simplemente pronunciando el nombre de nuestro país:
¡México! ¡México! ¡México!




