24 mayo, 2026

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Narrativa… la gran confusión

LEGITIMIDAD Y PODER/ALBERTO RIVERA
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En el debate público de la política contemporánea, la palabra narrativa ha adquirido una presencia casi absoluta. Gobiernos, oposiciones, analistas, estrategas y medios de comunicación la utilizan diariamente para explicar conflictos, justificar percepciones o desacreditar posiciones adversarias. Todo parece resumirse en una expresión recurrente: “quieren imponer una narrativa”.

El problema es que la mayoría habla de narrativa sin comprender realmente qué significa. Hoy casi cualquier fenómeno comunicacional recibe ese nombre: un eslogan, una campaña digital, una conferencia de prensa, un ataque mediático, una tendencia en redes sociales o una simple declaración coyuntural.

La política redujo la construcción simbólica del poder a propaganda, ocurrencia y repetición discursiva, degradando conceptualmente la narrativa hasta convertirla en un simple instrumento de coyuntura mediática.

La narrativa política organiza el significado de la realidad. Su función consiste en estructurar simbólicamente el mundo político para darle sentido ante la sociedad. Toda narrativa interpreta lo que ocurre, identifica responsables, define el conflicto central de una época, construye legitimidades y proyecta una dirección histórica.

Toda narrativa necesita conflicto. Las narrativas construyen antagonismos, identidades y horizontes de futuro. Ordenan emocionalmente la realidad para volverla políticamente comprensible.

Cuando un gobierno habla de “transformación”, construye una interpretación histórica del presente. Cuando una oposición habla de “deterioro democrático” o “destrucción institucional”, organiza la percepción social en torno al miedo, la incertidumbre o la pérdida de estabilidad.

La narrativa define el significado político de la realidad porque convierte el contexto histórico, emocional y territorial de una sociedad en una interpretación colectiva.

Ahí se encuentra una de las grandes deformaciones de la política contemporánea.
La política confundió propaganda con narrativa. Muchos actores redujeron la construcción narrativa a la creatividad publicitaria, la repetición propagandística y la producción masiva de contenido digital. Bajo esa lógica, la comunicación dejó de interpretar a la sociedad y comenzó a administrar únicamente estímulos discursivos.

Las narrativas políticas surgen de la capacidad de interpretar correctamente el momento histórico, emocional y territorial de una sociedad.
La investigación política produce narrativas; la improvisación produce ocurrencias.
La narrativa auténtica exige investigación electoral, inteligencia sociopolítica, lectura territorial, análisis reputacional, comprensión emocional, identificación de conflictos y validación social. Sin estos elementos no existe la construcción de significado político. Existen únicamente discursos reactivos diseñados para sobrevivir mediáticamente dentro del ciclo digital de la coyuntura.

La comunicación política contemporánea produce estímulos; la narrativa produce significados.
Gran parte de la política actual confunde tendencia digital con legitimidad, exposición mediática con arraigo social y visibilidad con capacidad real de interpretación colectiva.
Por eso muchas campañas alcanzan altos niveles de exposición pública y al mismo tiempo carecen de profundidad simbólica. Nacen de la necesidad inmediata de ocupar la conversación pública y no de una comprensión estructural del contexto social.
La narrativa política posee coherencia, continuidad simbólica y raíz social. Interpreta las emociones y tensiones profundas de una época.

La narrativa construye significado; la percepción valida, transforma o destruye ese significado.
La percepción social surge de múltiples mediaciones: memoria colectiva, experiencias cotidianas, contexto económico, inseguridad, confianza institucional, conversación pública, símbolos culturales, credibilidad del emisor y estado emocional de la ciudadanía.
Las narrativas adquieren fuerza cuando la sociedad considera plausible la interpretación que se le ofrece.

Por eso algunas narrativas logran expandirse rápidamente incluso con recursos limitados, mientras otras fracasan a pesar de enormes aparatos propagandísticos. La diferencia radica en la capacidad de conectar con emociones sociales reales.
El gran problema epistemológico de la política contemporánea consiste en abandonar la investigación de la realidad para sustituirla por administración discursiva de percepciones.

Cuando la política abandona la interpretación social profunda, la narrativa se convierte en producción permanente de estímulos emocionales. El debate público pierde profundidad deliberativa y comienza a estructurarse en torno al miedo, la indignación, la confrontación o la esperanza inmediata.
La política contemporánea disputa el control emocional de la conversación pública.
Por eso la narrativa política exige comprensión histórica, lectura territorial, inteligencia sociopolítica y sensibilidad emocional. Exige interpretar el poder como estructura institucional, experiencia simbólica y vínculo emocional con la ciudadanía.

Quien comprende cómo se construye una narrativa, comprende también cómo se construyen la legitimidad, la identidad y el poder.
Y quizás ahí radica una de las mayores paradojas de nuestro tiempo: nunca se había hablado tanto de narrativa… y pocas veces se había entendido tan poco de lo que verdaderamente significa.

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