Por Rigoberto Hernández Guevara
Según una teoría del universo somos una sola persona, en distinto espacio temporal pero uno mismo. De modo que cuando interactuamos lo hacemos con nosotros mismos, como frente a un espejo. ¿Pero y entonces los vecinos, quiénes pasan, los que escucho hacer ruido quiénes son?: Somos nosotros mismos en otra línea del espacio, pensando en si mismos, osea en nosotros mismos, como frente a un espejo. Soy yo en todo junto, ellos y nosotros. Soy todo el ego y el género cósmico.
Yo soy el negro, el amarillo , el güero, el mestizo, el pelirrojo, el rubio, soy el rico, el pobre, el limpio, el sucio y soy judas, el ladrón, el mercader de Venecia, el alarife, soy el primero, el Maikol el de en medio y el último de la lista. Soy todos juntos esté donde esté.
Y soy también ella la que me parió después de nueve meses, soy la que durmió conmigo y soy la que se fue, soy la hermana, la hermana de mi amigo, soy la vecina, la voz que escucho en la radio, la que canta. Soy hombre y soy mujer, soy hegemonía del ser.
Desde un teléfono público del pasado me hago una llamada: «hola soy yo otra vez ¿Cómo va todo? Y me contesto que «bien», aún cuando no vaya bien del todo, al menos todo lo contrario a lo planeado y platico con mi pasado un rato hasta que uno de los dos cuelga el teléfono. Y vuelvo al simulacro, a la realidad imaginada.
Más allá de la mirada sigo estando imaginándome. Me veo escribiendo en un simulador de la existencia escribiendo que existe todo lo que digo y lo que todavía no imagino.
La imaginación me conduce a lo importante. La física cuántica hace que viva en las partes creadas por la vista. Estoy también donde puedo escucharme detrás de la puerta. Colgado de un gancho de ropa puedo imaginar que descanso como los murciélagos.
El futuro de a poco se diluye entre los dedos pegajosos del supuesto presente. Yo soy el ausente y quien dice presente en el pasado de un salón de clases de la memoria. Ahora frente a la maestra pasaron los años y tomé mucha distancia, aunque suelo recordar el abecedario de mi voz ronca.
La vida es una ilusión óptica imprevista, imprecisa, y borrosa que voy borrando. Estoy allá a dónde grito entre una multitud de egos indiferentes que olvido por lo mismo. Estoy sin embargo en Ia mirada de todos y todas. Estoy en los ojos.
Luego estoy en todos los embarazos. En el hospital un niño como yo me mira con Pablo Neruda desde el fondo del alma. El poema describe el ritmo al que se mueve el tiempo imaginario, la falsa relación de los grupos en una marcha inexplicable. Me veo ir y venir sin evitarlo. Aquí sentado corroboro el sin sentido, el desprevenido venir del pensamiento inútil. Voy en la parte del cuento que se esfuma, en la respiración que se evapora como va desapareciendo el imaginario mundo.
Hice lo que ocupé y por ello existo, tumbé también una barda para rescatarme de la prisión donde fui carcelero. Prófugo me persigo hasta el cansancio y descanso junto al lago donde pueda mirar la imagen real del amigo sincero que me acorrala, adentro de la casa de la voz y del hambre constante del estómago.
Desde esta piedra domino el mundo, saldré a saludarme a darme los buenos días y a construir la paz de una guerra prometida. Puedo esconder objetos adentro del cristal del cuerpo, soy de plástico si asi lo deseo, soy imagen de un sueño.
Todo y nada por tanto es mio. Disputó la herencia igual a cero que he dejado. En la misma vida nací con la cara que miran y miro. De una sola vez, con la misma rola saldré de la calle cantando, me recuerdo como me recordaré en el infinito, como recordaré a los de todos los días, los millones de incautos que podría contar de uno por uno frente al espejo mutuo de la soledad.
HASTA PRONTO




