10 julio, 2026

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Irán. Funeral y celebración

FALJORITMO / JORGE FALJO
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El 28 de febrero de 2026 Estados Unidos e Israel atacaron por sorpresa a Irán, al mismo tiempo que distraían con supuestas negociaciones de paz. En los primeros bombardeos de ese día fue muerto el ayatola, Alí Jamenei, líder supremo de la República Islámica. Con él murieron su hija mayor, un yerno, su nuera y una nieta de catorce meses. Su hijo, que más adelante sería designado su sucesor quedó al parecer gravemente. El entierro que por tradición tendría que haber sido en un par de días, tuvo que ser pospuesto por el conflicto y los riesgos que afrontaría una muchedumbre expuesta.
Solo tras el cese al fuego fue posible preparar lo que el régimen concibió como el mayor funeral de la historia, al que acudirían entre 12 y 15 millones de personas. Tal pretensión no era mera retórica. Los medios occidentales hablan de cientos de miles; las fotos de multitudes a lo largo de 20 kilómetros. Las cifras finales serán las oficiales iranies y sin duda disputadas. Pero datos logísticos verificados dan idea de la magnitud en Teherán, la capital: 50 millones de panes horneados en 16 panaderías móviles; 5 mil mezquitas y 700 escuelas habilitadas para alojar peregrinos; más de 6 mil aspersores de agua para refrescar a multitudes que acuden caminando distancias de kilómetros a pesar de temperaturas de alrededor de 34 grados centígrados y 1.7 millones de dolientes que se registraron para el viaje gratuito de Irak a Irán.
El féretro está recorriendo lugares sagrados del islamismo chiita dentro de Irán e Irak. El paso por Irak tiene motivos religiosos, y también el impacto político de ser recibido oficialmente y por la población en un país bajo fuerte influencia estadounidense.
Al margen del funeral principal no se olvida la masacre de más de 120 niños y niñas más una veintena de maestras en la escuela primaria de Minab. Hasta la fecha el Pentágono no ha publicado su investigación ni aceptado formalmente su responsabilidad. En el animo de la población también incide la muerte de docenas de otros lideres políticos y militares y varios miles de militares y civiles muertos durante los 39 días de bombardeos sobre la capital.
Tres hijos del difunto ayatola fueron vistos en el funeral; pero no estuvo presente Mojtaba Jamenei, designado líder supremo en marzo, que no ha sido visto en público ni se ha escuchado su voz. Se reporta que sufrió quemaduras en el rostro y cuerpo y varias operaciones en las piernas. Israel ha amenazado explícitamente con asesinarlo y su ausencia se explica oficialmente por razones de seguridad. La tradición pide que ore junto al cuerpo de su antecesor y de ese modo se legitime la sucesión. Su ausencia plantea una incertidumbre sobre su estado e incluso sobre su vida que es sobre todo amplificada en medios occidentales.
El profesor Marandi, académico de la Universidad de Teherán, que conocía personalmente al ayatola y cuyas familias tenían relaciones de amistad, describe a Jamenei como un hombre de vasta cultura; conocedor profundo de la literatura persa, árabe y azerí; lector de información e incluso novelas en inglés. Jamenei fue viceministro de defensa durante la guerra Irán – Irak y presidente de la república antes de asumir el liderazgo supremo religioso y político.
Marandi le atribuye además la paternidad de la estrategia militar de largo plazo basada en el desarrollo de la tecnología y fabricación de drones y misiles y la construcción de instalaciones militares subterráneas. Los que han sido elementos esenciales de la capacidad iraní de resistencia y contraataque.
La radiografía diplomática del funeral es reveladora. El canciller Araghchi agradeció la participación de más de setenta delegaciones oficiales, algunas de ellas del mayor nivel. Los presidentes de Irak, Tayikistán y Georgia, primeros ministros de Armenia y Pakistán, el vicepresidente de Turquía, el expresidente Medvedeb de Rusia, segundo en la línea del poder, y personajes de alto nivel de China, India, Egipto, y numerosos otros países. Llama en particular la atención la presencia del viceministro de relaciones exteriores de Arabía Saudita, que a algunos analistas les hace sospechar de un entendimiento discreto.
Una numerosa presencia internacional que en cada caso fue el reflejo de un delicado equilibrio. Por un lado la presión de los Estados Unidos para que no se enviara una delegación oficial al funeral; por otra parte lo que en muchos países se evidencia como una creciente simpatía popular en favor de Irán y un deterioro de la imagen de Israel y Trump.
Reportes de prensa indican algo curioso. Que durante la ceremonia se recitaron versículos coránicos distintos para cada delegación extranjera. Para la saudí, un versículo que evoca la batalla de Badr, donde los seguidores del Profeta derrotaron a una fuerza muy superior; para Turquía, uno sobre aquellos que permanecen ociosos mientras otros combaten; para la delegación oficial del Líbano, sobre aquellos que rehúyen el sacrificio necesario; mientras que a la delegación de hesbolá se le recibió aparte con honores. Todo un ejercicio de diplomacia teológica: mensajes políticos cifrados en escritura sagrada, dirigidos uno por uno a los invitados.
El funeral refutó a escala masiva a los que iniciaron la guerra suponiendo que el régimen estaba a punto de caer debido al descontento popular. Los atacantes habían llegado al extremo de posicionarse como salvadores del pueblo iraní.
Antes del ataque de fin de febrero había un descontento real, detonado por la crisis económica y expresado en protestas masivas que nunca evolucionaron hacia la insurrección que los atacantes daban por segura. El propio Trump admitió haber enviado ‘muchas armas’ a los manifestantes a través de intermediarios kurdos que, según él mismo, se las quedaron. La versión estatal iraní sostiene que grupos armados coordinados desde el exterior llevaron la violencia al extremo de matar a más de un centenar de policías. Lo indudable es que en Irán hubo un motín y represión sangrienta: el gobierno reconoce más de tres mil muertos, y organizaciones de derechos humanos documentan cifras muy superiores, con estimaciones que alcanzan las decenas de miles.
Ahora el funeral arropó tanto a los inspirados por la religión como a aquellos impulsados por el patriotismo, en algunos casos incluyendo personas que habían participado en las manifestaciones en contra del régimen. El asesinato que habría de destruir a Irán se convirtió en refundación de la república islámica.
Ante las imágenes Trump mismo dijo que había quedado en shock, que pensaba que la gente odiaba a Jamenei. Pero muy de acuerdo a su personalidad añadió, tal vez las lágrimas son falsas. Presumió que podría haber matado a toda la dirigencia iraní reunida en el funeral, e indicó que se abstuvo para conservar con quien negociar.
Hay en las imágenes del funeral algo que desborda el duelo: una celebración de supervivencia e incluso de triunfo en varios niveles. Del estado que salió fortalecido; de la unidad nacional – religiosa consolidada; de la idea de que un país del Sur puede resistir a la mayor potencia militar del planeta; y de una reconfiguración global de simpatías que altera la percepción de quienes son los buenos y los malos en el mundo.

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